Memorias de un operador de Bolsa

Capítulo I

Al salir de la secundaria comencé a trabajar. Conseguí un empleo como encargado del panel de cotizaciones en una oficina de corretaje. Era muy hábil y rápido con los números. En la escuela estudié aritmética durante tres años. Y particularmente era muy bueno con la aritmética mental. Como encargado de las cotizaciones, colocaba las cifras en el gran tablero de la sala de clientes. Uno de los clientes solía sentarse junto a la teleimpresora y decía los precios. No podían venir demasiado rápido para mí. Siempre he recordado las cifras. Por lo que no presentaba ningún problema para mí.

Había demasiados empleados en esa oficina. Por supuesto, me hice amigo de los demás, pero el trabajo que hacía, si el mercado estaba activo, me mantenía muy ocupado desde las diez a.m. hasta las tres p.m., como para darme el lujo de estar conversando con ellos. De todos modos, eso no me importa durante las horas de trabajo.

Pero un mercado activo y ocupado no me impedía pensar en el trabajo. Esas cotizaciones no representaban para mí los precios de las acciones, tantos dólares por acción. Solamente eran cifras. Obviamente, significan algo. Siempre estaban cambiando. Era todo lo que tenía para interesarme por los cambios. ¿Por qué cambiaban? No tenía idea. No me importaba. No pensaba en eso. Simplemente veía que cambiaban. Eso era todo lo que tenía que pensar durante cinco horas cada día y dos más los sábados: ya que siempre estaban cambiando.

Así fue como comencé a interesarme en el comportamiento de los precios. Tenía muy buena memoria para las cifras. Podía recordar detalladamente cómo se habían comportado los precios el día anterior, justo antes de que subieran o bajaran. Mi afición a la aritmética mental me resultó de gran ayuda.

Me di cuenta, de que, tanto en los incrementos como en los descensos, los precios de las acciones eran propensos a mostrar ciertos hábitos, por así decirlo. Había un gran número de casos paralelismos y éstos me sirvieron como precedentes para guiarme. Apenas tenía 14 años de edad, pero después de haber tomado cientos de observaciones mentales, me encontré probando su exactitud, comparando el comportamiento de las acciones entre los diferentes días. No tardé mucho en anticipar los movimientos de los precios. Mi única guía, como he dicho antes, era el comportamiento pasado. Me encargaba de las “hojas de configuraciones” en mi mente. Buscaba que los precios de las acciones corrieran en forma. Los había “cronometrado”. Tú sabes lo que quiero decir.

Puedes detectar, por ejemplo, cuando la compra es solamente un poco mejor que la venta. Hay una batalla en el mercado de valores y la cinta es tu telescopio. Puedes confiar en ella en siete de cada diez casos.

Otra lección que aprendí muy temprano, es que no hay nada nuevo en Wall Street. No puede haber nada nuevo porque la especulación es tan vieja como caminar a pie. Cualquier cosa que haya pasado en la actualidad en el mercado de valores ha pasado antes y volverá a pasar. Nunca lo he olvidado. Supongo, que realmente logro recordar cuándo y cómo pasó. El hecho de que lo recuerde así es mi manera de capitalizar la experiencia.

Me interesé tanto en mi juego y me preocupé tanto por anticipar los avances y descensos de todos los valores activos que me hice un pequeño libro. Tomé nota de mis observaciones. No se trataba de un registro de transacciones imaginarias, como el que llevan tantas personas para ganar o perder millones de dólares sin que se les hinche la cabeza o terminen en un asilo. Era más bien una especie de registro de mis aciertos y desaciertos, junto a la determinación de los movimientos probables, lo que más me interesaba era verificar si había observado con precisión; en otras palabras, si tenía razón.

Digamos que después de estudiar cada fluctuación del día en una acción activa llegaría a la conclusión que se comportaba como siempre antes de la caída de ocho o diez puntos. Entonces, anotaría la acción y el precio del lunes y recordando los comportamientos anteriores escribiría lo que debería hacer el martes y el miércoles. Más tarde, lo verificaba con las transcripciones de la cinta de la teleimpresora.

Así es como comencé a interesarme por el mensaje de la cinta. Las fluctuaciones fueron desde el principio asociadas en mi mente con los movimientos de alzas o bajas. Por supuesto, siempre hay una razón para las fluctuaciones, pero la cinta no se ocupa del por qué ni del para qué. No necesita explicaciones. No le pregunté a la cinta por qué cuando tenía catorce años y tampoco lo hago hoy en día, a los cuarenta. La razón de lo que hace hoy una determinada acción puede no saberse hasta dentro de dos o tres días, semanas o incluso meses. Pero, ¿qué diablos importa eso? Tu negocio con la cinta es ahora, no mañana. La posible razón puede esperar. Pero debes actuar al instante o serás excluido. Una y otra vez veo que esto pasa. Recordarás que Hollow Tube bajó tres puntos el otro día mientras que el resto del mercado se mostraba alcista. Ese fue el hecho. El lunes siguiente pudiste observar que los gerentes no declararon los dividendos. Esa fue la razón. Sabían lo que iban a hacer y aunque no vendieran las acciones ellos mismos, al menos no las compraron. No había compras internas; no había razón para que no cayera.

Bueno, llevé mi pequeño libro de notas durante unos seis meses. En vez de irme a casa en cuanto terminaba mi trabajo, anotaba las cifras que quería y estudiaba los cambios, buscando siempre las repeticiones y paralelismos del comportamiento para aprender a leer la cinta, aunque en ese momento no era consciente de eso.

Un día, uno de los chicos de la correduría, mayor que yo, se acercó a mí dónde estaba comiendo mi almuerzo y me preguntó en voz baja si tenía dinero.

"¿Por qué quieres saber eso?" le dije.

"Bueno", dijo, "tengo un dato muy bueno sobre Burlington. Voy a jugarlo si consigo que alguien entre conmigo".

"¿Qué quieres decir con jugarlo?" le pregunté. Para mí, los únicos que jugaban o podían jugar los datos eran los viejos clientes con mucho dinero. Debido a que cuesta cientos, incluso miles de dólares, entrar en el juego. Era como tener un carruaje privado y un cochero usando un sombrero de copa.

"¡A eso me refiero; arriésgate y juega!" dijo él.

"¿Cuánto tienes?"

"¿Cuánto necesitas?"

"Bueno, puedo negociar cinco acciones poniendo $5".

"¿Cómo vas a jugarlo?"

"Voy a comprar todas las acciones de Burlington en la casa de apuestas (o también conocida como bucket shop) que me deja sacar el dinero que obtenga como margen", dijo él. "Seguro que va a subir. Es como recoger el dinero. Duplicaremos nuestro dinero en un abrir y cerrar de ojos".

"¡Espera!" le dije, y saqué mi pequeño libro de notas.

No estaba interesado en duplicar mi dinero, pero sí en que dijera que Burlington iba a subir. Si era así, mi libro de notas debería mostrarlo. Le eché un vistazo. Y efectivamente, Burlington, según mis cálculos, estaba actuando como lo hacía habitualmente antes de iniciar el alza. Nunca había comprado o vendido nada en mi vida y nunca había apostado con los otros chicos. Pero todo lo que pude ver fue que esta era una gran oportunidad para probar la exactitud de mi trabajo, o sea de mi afición. De una vez pude darme cuenta de que si mis notas no funcionaban en la práctica no había nada en la teoría que pudiera interesar a nadie. Así que le di a él todo lo que tenía y con nuestro pequeño capital, fue a una de las casas de apuestas cercanas y compró acciones de Burlington. Dos días después vendimos las acciones y obtuve una ganancia de $3.12.

Luego de esta primera negociación, comencé a especular por mi propia cuenta en las casas de apuestas. Iba durante mi hora de almuerzo y compraba o vendía, nunca hizo una diferencia para mí. Estaba jugando con un sistema y no con una acción favorita o respaldando opiniones. Todo lo que sabía era la aritmética de la misma. De hecho, la mía era la manera ideal de operar en una casa de apuestas, donde todo lo que hace un operador es apostar por las fluctuaciones tal y como las imprime la teleimpresora en la cinta.

No pasó mucho tiempo antes de que ganara mucho más dinero de las casas de apuestas que el que ganaba en mi trabajo en la oficina de corretaje. Así que dejé mi puesto. Mis padres se opusieron, pero no pudieron decir mucho al ver lo que ganaba. Solamente era un chico y los salarios como oficinista no eran muy altos. Me fue muy bien trabajando por mi propia cuenta.

Tenía quince años de edad cuando obtuve mis primeros mil y puse el dinero delante de mi madre, todo lo que había hecho en las casas de apuestas en tan solo unos meses. Mi madre se horrorizó. Quería que lo guardara en una cuenta de ahorros fuera del alcance de la tentación. Decía que era más dinero del que nunca había escuchado de ningún chico de quince años hubiera ganado, empezando con nada. Por un momento tuve la impresión de que le costaba creerme. Se preocupaba y se inquietaba por eso. Pero yo no pensaba en nada más que en poder seguir demostrando que mis cálculos eran correctos. Eso es lo divertido de tener razón al usar la cabeza. Si tenía razón cuando probaba mis convicciones con diez acciones, tendría diez veces más razón si negociaba con cien acciones. Eso es todo lo que significaba para mí tener más margen para acertar con más contundencia. ¿Más valor? ¡No! No hay diferencia. Si todo lo que tengo son diez dólares y los arriesgo, soy mucho más valiente que cuando arriesgo un millón, si tengo otro millón guardado.

En cualquier caso, a los quince años ya ganaba bien la vida con la bolsa. Comencé en las casas de apuestas más pequeñas, donde se sospechaba que el hombre que negociaba veinte acciones a la vez era John W. Gates disfrazado o J. P. Morgan viajando de incógnito. Las casas de apuestas en esos días rara vez engañaban a sus clientes. No tenían que hacerlo. Había otras formas de separar a los clientes de su dinero, incluso cuando adivinaba. El negocio era tremendamente rentable. Cuando se llevaba a cabo de forma legítima, quiero decir correctamente, en cuanto a las casas de apuestas, las fluctuaciones se encargaban de las operaciones a pequeña escala. No hace falta mucha reacción para acabar con un margen de solamente tres cuartos de puntos. Además, ningún estafador podría volver al juego. No tendría ninguna negociación.

No tenía seguidores. Mantuve mi negocio por mi propia cuenta. Era un negocio de un solo hombre, de todos modos. Era mi cabeza, ¿no? Los precios o bien iban por donde yo los había predicho, sin ayuda de amigos o socios, o bien iban por otro lado y nadie podría detenerlos por amabilidad hacia mí. No veía la necesidad de contarle mi negocio a nadie más. Tengo amigos, por supuesto, pero mi negocio ha sido siempre el mismo, un negocio de una sola persona. Por eso siempre he jugado en solitario, sin buscar la ayuda de nadie.

Tal y como estaba, no tardó en que las casas de apuestas se enfadaran conmigo por haberles ganado. Yo entraba y trataba de hacer mi solicitud de compra, pero ellos lo miraban sin hacer un movimiento para agarrarla. Me decían que no había nada que hacer. Fue entonces cuando comenzaron a llamarme el Desatascador. Todo el tiempo tenía que estar cambiando de corredor, yendo de una casa de apuestas a otra. Llegó el momento en que tuve que dar un nombre ficticio. Empezaba con poco, solamente quince o veinte acciones. A veces, cuando sospechaban, perdía a propósito al principio y luego les pegaba bien. Obviamente, al pasar el tiempo me encontraban demasiado caro y me decían que me fuera con mi negocio a otra parte y que no interfiriera en los dividendos de los propietarios.

Una vez, cuando la gran empresa con la que había estado negociando por meses me cerró la opción de seguir haciéndolo, así que me decidí a quitarles un poco más de dinero. Esa casa de apuestas tenía sucursales por toda la ciudad en los vestíbulos de los hoteles y en los pueblos cercanos. Fui a una de las sucursales de los hoteles, le hice unas cuantas preguntas al gerente y finalmente me puse a operar. Pero en cuanto aplique mi sistema a un valor activo, empezó a recibir mensajes de la central preguntando quien era el que operaba. El gerente me contó lo que le preguntaron y le dije que me llamaba Edward Robinson de Cambridge. Él llamó al gran jefe para darle la noticia. Pero al otro lado querían saber cómo era yo. Cuando el gerente me dijo, le dije, “¡Dile que soy un hombre bajo y gordo, con pelo oscuro y barba poblada!”. Pero en vez de eso me describió y entonces escuchó y su cara se puso roja y colgó y me dijo que me fuera.

"¿Qué te han dicho?" le pregunté cordialmente.

"Dijeron, “Estúpido, ¿No te dijimos que no aceptarás negociaciones de Larry Livingston? Y deliberadamente lo dejaste que nos quitara $700”. No me dijo que más le dijeron.

Traté en las otras sucursales, una tras otra, pero todas me conocieron y mi dinero no sirvió en ninguna de sus oficinas. Ni siquiera podía entrar a mirar las cotizaciones sin que alguno de los empleados comenzara a molestarme. Intenté que me dejaran negociar con intervalos a largo plazo dividiendo mis visitas entre todos ellos. Pero eso tampoco funcionó.

Finalmente, sólo me quedaba una y era la más grande y rica de todas, la Cosmopolitan Stock Brokerage Company.

La Cosmopolitan estaba calificada como A-1 y hacía un enorme negocio. Tenía sucursales en todas las ciudades manufactureras de Nueva Inglaterra. Aceptaron mi negocio sin problemas y compré y vendí valores, allí gané y perdí durante meses, pero al final pasó con ellos lo de siempre. No rechazaron mi negocio de una vez, como lo hicieron las pequeñas empresas. No porque fuera deportivo, sino porque sabían que les pondría un ojo morado publicar la noticia de que no aceptarían el negocio de un tipo sólo porque éste ganara un poco de dinero. Pero hicieron una cosa peor, quiero decir, que me hicieron poner un margen de tres puntos y me obligaron a pagar una prima al principio de medio punto, luego de un punto y finalmente un punto y medio. ¡Qué desventaja! ¿Cómo? Fácil. Supongamos que las acciones de Steel se estaban vendiendo a 90 y las compraste. Normalmente tu boleto diría: “Compra Steel a 90-1/8". Si pone un punto de margen, quiere decir que si cae a 89-1/4 te quedas automáticamente sin nada. En una casa de apuestas, el cliente no es importunado para obtener más margen ni se ve en la dolorosa necesidad de decirle a su corredor que venda por lo que pueda conseguir.

Pero cuando la Cosmopolitan agregó esa prima, estaban dando un golpe bajo. Significaba que si el precio era de 90 cuando compraba, en vez de hacer mi boleto: “Compra Steel a 90-l/8”, decía: “Compra Steel a 91-1/8”. Pues esa acción podía avanzar un punto y cuarto después de haberla comprado y yo seguiría perdiendo dinero si cerraba la operación. Y al insistir también en que pusiera un margen de tres puntos al principio, redujeron mi capacidad de negociación en dos tercios. Aun así, era la única casa de apuestas que aceptaba mi negocio y tuve que aceptar sus condiciones o tendría que dejar de negociar.

Por supuesto, tuve mis altibajos, pero era un ganador. Sin embargo, la gente de Cosmopolitan no estaba nada satisfecha con la horrible desventaja que me habían impuesto, que debería haber sido suficiente para vencer a cualquiera. Igualmente intentaron darme una puñalada por la espalda. Pero no pudieron. Me escape gracias a una de mis corazonadas.

La Cosmopolitan, como dije, era mi último recurso. Era la casa de apuestas más rica de Nueva Inglaterra y por regla general no establecían límites a la hora de negociar. Creo que yo era el negociante individual más importante que tenían, es decir, de los clientes fijos. Tenían una buena oficina y la mayor y más completa tabla de cotizaciones que jamás haya visto. Se extendía a lo largo de toda la gran sala y se cotizaba todo lo imaginable. Quiero decir las acciones negociadas en las Bolsas de Nueva York y Boston como algodón, trigo, provisiones, metales, todo lo que era comprado y vendido en Nueva York, Chicago, Boston y Liverpool.

Ya sabes cómo se negociaba en las casas de apuestas. Le dabas tu dinero a un empleado y le decías lo que deseabas comprar o vender. Él miraba la cinta o la tabla de cotizaciones y tomaba el precio de allí, el último obviamente. Igualmente anotaba la hora en el boleto de manera que casi se leía como el informe de un corredor de bolsa normal, es decir, que habían comprado o vendido para ti tantas acciones de tal acción a tal precio a tal hora de tal día y cuánto dinero habían recibido de ti. Cuando querías cerrar tu negociación te dirigías al empleado el mismo o cualquier otro, dependía de la casa de apuestas y le decías. Él tomaba el último precio o si la acción no había tenido actividad esperaba la siguiente cotización que salía en la cinta. Anotaba ese precio y la hora en tu boleto, lo verificaba y te lo regresaba, luego ibas a la caja y sacabas el dinero. Por supuesto, cuando el mercado iba en tu contra y el precio superaba el límite establecido por tu margen, tu operación se cerraba automáticamente y tu boleto se convertía en un trozo de papel más.

En las casas de apuestas más humildes, en las que podía negociar con tan solo cinco acciones, los boletos eran pequeños comprobantes de diferentes colores para la compra y venta, a veces, como por ejemplo en los mercados alcistas en ebullición, las casas de apuestas se veían muy afectadas porque todos los clientes eran alcistas y resultaban tener razón. Entonces la casa de apuestas descontaba las comisiones de compra y venta y si comprabas una acción a 20 el boleto decía 20-1/4. De este modo, solamente tenías 3/4 de punto del dinero invertido.

Pero la Cosmopolitan era la mejor de Nueva Inglaterra. Tenía miles de clientes y en realidad creo que yo era el único hombre al que temían. Ni la prima exagerada, ni el margen de tres puntos que me hicieron poner redujeron mucho mi negociación. Seguí comprando y vendiendo todo lo que me dejaron. A veces tenía una línea de 5000 acciones.

Bueno, el día en que sucedió lo que voy a contar, me encontré con tres mil quinientas acciones de Sugar al descubierto. Tenía siete grandes resguardos rosados, por quinientas acciones cada uno. La Cosmopolitan usaba grandes comprobantes con un espacio en blanco donde se podía anotar un margen adicional. Por supuesto - las casas de apuestas nunca piden más margen. Cuantos más bajos eran los márgenes, mejor para ellos, ya que su ganancia radica en que te arruines. En las casas de apuestas más pequeñas, si querías obtener un mayor margen en tu operación te hacían un nuevo resguardo, de manera que pudieran cobrarte la comisión de compra y solamente te daban un margen de 3/4 de punto por cada punto de caída, ya que estimaban la comisión de venta también exactamente como si se tratara de una nueva negociación.

Bueno, ese día recuerdo que había acumulado más de $10,000 en márgenes.

Tan solo tenía veinte años cuando acumulé por primera vez diez mil dólares en efectivo. Y tendrías que haber oído a mi madre. Hubieras pensado que diez mil dólares en efectivo era más de lo que nadie llevaba encima, excepto el viejo John D. y ella solía decirme que me conformara con eso que ya tenía y me dedicara a algún negocio regular. Me costó mucho convencerla de que no estaba apostando, sino ganando dinero a base de mis análisis. Pero todo lo que ella podía ver era que diez mil dólares era mucho dinero y todo lo que yo podía ver era más margen.

Había puesto en venta mis 3509 acciones de Sugar a 105-1/4. Había otro tipo en la sala, Henry Williams, que tenía 2500 acciones de venta al descubierto. Yo me sentaba al lado de la teleimpresora y gritaba las cotizaciones para el chico de la tabla. El precio se comportó como pensé que lo haría. Bajó rápidamente un par de puntos y se detuvo un poco para recuperar el aliento antes de volver a caer. El mercado en general era bastante suave y todo parecía prometedor. Entonces, de repente, no me gustó la manera en que Sugar estaba haciendo sus vacilaciones. Comencé a sentirme algo incómodo. Pensaba que tenía que salir del mercado. Después se vendió a 103, que era el mínimo del día pero en vez de sentirme más confiado me sentí más inseguro. Sabía que algo iba mal en alguna parte, pero no podía saber dónde exactamente. Pero si algo se avecinaba y no sabía de dónde, no podía estar en guardia contra eso. Siendo ese el caso, sería mejor estar fuera del mercado.

Sabes, no hago las cosas a ciegas. No me gusta para nada hacerlo. Y nunca lo he hecho. Incluso de chico tenía que saber por qué debía hacer ciertas cosas. Pero esta vez no tenía ninguna razón definida para darme y sin embargo me sentía tan incómodo que no podía soportarlo. Llamé a un tipo que conocía Dave Wyman y le dije: “Dave, ocupa mi lugar aquí. Quiero que hagas algo por mí. Espera un poco antes de pedir el siguiente precio de Sugar, ¿lo harías?”.

Y él dijo que sí lo haría y me levanté y le cedí mi lugar junto a la teleimpresora para que pudiera decir los precios para el chico. Saqué mis siete resguardos que tenía de Sugar del bolsillo y me acerqué al mostrador, donde estaba el empleado que los sellaba cuando se cerraban las operaciones. Pero no sabía por qué debía salir del mercado, así que me quedé allí, apoyado en el mostrador, con mis resguardos en la mano para que el empleado no pudiera verlos. De pronto escuché un chasquido de un instrumento telegráfico y pude ver que Tom Burnham, el empleado, giraba rápidamente la cabeza y escuchaba. Entonces sentí que algo torcido se estaba gestando y decidí no esperar más tiempo. Justo entonces Dave Wyman, junto a la teleimpresora, comenzó, a decir “Su-” y rápidamente como un rayo puse mis resguardos en el mostrador frente al empleado y grité “¡Cierro Sugar!” antes de que Dave hubiera terminado de decir el precio. Así que, por supuesto, la casa tuvo que cerrar mi negociación de Sugar en la última cotización. Lo que Dave dijo resultó ser 103 nuevamente.

De acuerdo a mis notas, Sugar ya debería haber superado los 103. El motor no estaba trabajando bien. Tuve la sensación de que había una trampa en el vecindario. En cualquier caso, la teleimpresora iba ahora como a lo loco y me di cuenta de que Tom Burnham, el empleado, había dejado mis resguardos sin sellar donde los había puesto y estaba escuchando el chasquido como si estuviera esperando algo. Así que le grité: “Oye, Tom, ¿qué demonios estás esperando? ¡Marca el precio de los resguardos! ¡Así que muévete!”.

Todos los presentes me oyeron y comenzaron a mirar hacia nosotros y a preguntarnos cuál era el problema, porque como puedes ver, aunque la Cosmopolitan se preciaba de no hacer trampas, pero la más leve sospecha podría desencadenar una retirada de fondos a gran escala que, si no se contenía a tiempo, podría afectar incluso a algunos bancos de la localidad. Si un cliente sospecha, los demás lo siguen. Así que Tom parecía estar enfadado, pero se acercó y marcó mis resguardos como "Cerrado a 103" y me los tiró. Tenía una cara de resentimiento.

Digamos que la distancia desde el lugar de Tom hasta la jaula del cajero “no era mayor a dos metros”. Pero no había llegado al cajero para cobrar mi dinero cuando Dave Wyman junto a la teleimpresora gritó emocionado “¡Dios! ¡Sugar a 108!" Pero era demasiado tarde; así que simplemente me reí y le dije a Tom, “No funcionó esta vez, ¿verdad, viejo amigo?”.

Por supuesto, fue como una farsa. Henry Williams y yo teníamos seis mil acciones de Sugar. Esa casa de apuestas tenía mi margen y el de Henry y puede que hubiera otras ventas al descubierto de Sugar en la oficina; posiblemente ocho o diez mil acciones en total. Supongamos que tenían $20,000 en márgenes de Sugar. Eso era suficiente para pagar a la casa de apuestas para timar el mercado en la Bolsa de Nueva York y acabar con nosotros. En los viejos tiempos, cuando una casa de apuestas se encontraba llena con demasiados toros (término usado para operadores alcistas) en una determinada acción, era una práctica común conseguir que algún corredor bajara el precio de esa acción en particular lo suficiente como para eliminar a todos las posibilidades largas. Esto rara vez le costaba a las casas de apuesta más que un par de puntos en unas cientos de acciones y ganaban miles de dólares.

Eso fue lo que hizo la Cosmopolitan para atraparme al igual que a Henry Williams y los demás descubiertos de Sugar. Sus corredores en Nueva York subieron el precio a 108. Por supuesto, volvió a caer, pero Henry y muchos otros quedaron arruinados. Cada vez que se producía una caída brusca e inexplicable, seguida de una recuperación instantánea, los periódicos de esos días solían llamarla como una campaña de la casa de apuestas.

Y lo más gracioso fue que, no más de diez días después de que la gente de Cosmopolitan intentará darme una puñalada por la espalda, un operador de Nueva York les sacó más de setenta mil dólares. Este hombre, que fue un factor de mercado en sus días y miembro de la Bolsa de Nueva York, se hizo un gran nombre como operador bajista durante el pánico de Bryan de 1896. Siempre chocaba con las normas de la Bolsa que le impedían llevar a cabo alguno de sus planes a costa de sus compañeros. Un día pensó que no habría quejas ni de la Bolsa ni de las autoridades policiales si sacaba de las casas de apuestas de la tierra algunas de sus ganancias mal habidas. En el caso del que hablo, envió a treinta y cinco hombres para que se pasaran como clientes. Fueron a la oficina principal y a las sucursales más grandes. En un día determinado, a una hora fija, todos los agentes compraron la cantidad de una determinada acción que los gerentes les permitieron. Tenían instrucciones de salir a escondidas con una determinada ganancia. Por supuesto, lo que hacía era distribuir datos alcistas sobre esas acciones entre sus compinches y luego entraba en el parqué de la Bolsa y subía el precio, ayudado por los negociantes de la sala, que pensaban que era un buen deporte, siendo cuidadosos al elegir las acciones adecuadas para ese trabajo, no había problema en subir el precio tres o cuatro puntos. Sus agentes en las casas de apuestas cobraron según lo acordado.

Un tipo me dijo que el creador original se llevó setenta mil dólares netos y sus agentes hicieron sus gastos y después pagaron las demás cosas. Él jugó varias veces en todo el país, castigando a las casas de apuestas más grandes de Nueva York, Boston, Filadelfia, Chicago, Cincinnati y San Louis. Una de sus acciones favoritas era Western Union, porque era muy fácil mover una acción semi-activa como esa unos cuantos puntos hacia arriba y hacia abajo. Sus agentes la compraban a una determinada cifra, vendían con dos puntos de ganancia, se ponían al descubierto y se llevaban tres puntos más. Por cierto, el otro día leí que ese hombre murió, pobre y desconocido. Si hubiera muerto en 1896 habría conseguido al menos una columna en la primera página de todos los periódicos de Nueva York. Tal como fue, obtuvo dos líneas en la quinta.

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