Memorias de un operador de Bolsa

Capítulo XVI

¡Datos! ¡Cómo quiere la gente los datos! Ansían no sólo recibirlos sino también darlos. Hay codicia y vanidad de por medio. Es muy divertido, a veces, ver a personas realmente inteligentes buscar información ansiosamente. Y el que da el dato no tiene que dudar de la calidad, porque el que busca el dato no busca realmente buenos datos, sino cualquier dato. Si hace bien, ¡estupendo! Si no lo hace, mejor suerte con el siguiente. Estoy pensando en el cliente promedio de la casa de comisiones. Hay un tipo de promotor o manipulador que cree en los datos primero, último y todo el tiempo. Un buen flujo de datos es considerado por él como una especie de trabajo publicitario sublimado, la mejor promoción del mundo, dado que quienes buscan los datos y quienes los reciben invariablemente también los pasan a otros, la transmisión de datos se convierte en una especie de publicidad en cadena interminable. El promotor de los datos trabaja con la ilusión de que no hay ser humano que pueda resistirse a un dato si se entrega correctamente. Estudia el arte de transmitir los datos artísticamente.

Cada día recibo cientos de datos de todo tipo de personas. Te contaré una historia sobre Borneo Tin. ¿Recuerdas cuando salieron las acciones? Fue en el punto álgido. El grupo de promotores había seguido el consejo de un banquero muy inteligente y decidió sacar a la bolsa la nueva empresa en el mercado abierto de una vez en lugar de dejar que un consorcio asegurador se tomara su tiempo. Fue un buen consejo. El único error que cometieron los miembros del consorcio lo dictó la inexperiencia. No sabían lo que el mercado de valores era capaz de hacer durante un auge loco y al mismo tiempo, no eran inteligentemente liberales. Estaban de acuerdo en la necesidad de marcar el precio para comercializar las acciones, pero empezaron a negociar a una cifra a la que los operadores y los pioneros especuladores no podían comprar sin recelo.

En justicia, los promotores deberían haber tenido que cargar con las consecuencias, pero en aquel mercado alcista tan salvaje, su egoísmo resultó ser de un conservadurismo total. El público compraba cualquier cosa que tuviera un dato adecuado. No se buscaban inversiones. La demanda era de dinero fácil; de la ganancia segura del juego. El Oro entraba en grandes cantidades en el país a través de las enormes compras de material de guerra. Me dicen que los promotores, mientras hacían sus planes para sacar las acciones de Borneo, marcaron el precio de apertura tres veces diferentes antes de que su primera transacción fuera registrada oficialmente en beneficio del público.

Me habían propuesto integrar el grupo de promotores y lo estudié pero no acepté el ofrecimiento porque, si se trata de maniobrar el mercado, prefiero hacerlo yo. Negocio con mi propia información y sigo mis propios métodos. Cuando Borneo Tin salió a la bolsa, sabiendo cuáles eran los recursos del grupo promotor y lo que habían planificado hacer y consciente también de lo que el público era capaz, compre diez mil acciones en la primera hora del primer día. Su debut en el mercado fue un éxito, al menos en esa medida. De hecho, los promotores comprobaron que la demanda era tan activa que decidieron que sería un error perder tantas acciones tan pronto. Descubrieron que yo había adquirido mis diez mil acciones más o menos al mismo tiempo que descubrieron que probablemente podrían vender todas las acciones que poseían si simplemente subían el precio veinticinco o treinta puntos. Por lo tanto, llegaron a la conclusión de que la ganancia de mis diez mil acciones supondría una parte demasiado grande de los millones que consideraban ya bien invertidos. Así que cesaron sus operaciones alcistas y trataron de sacarme del medio. Pero yo simplemente me quedé quieto. Me dejaron por imposible porque no querían que el mercado se les escapara y a continuación, empezaron a subir el precio sin perder más acciones que las inevitables.

Vieron la altura increíble a la que subían otros valores y comenzaron a pensar en miles de millones. Pues bien, cuando Borneo Tin llegó a los 120 puntos, les vendí mis diez mil acciones, eso frenó la subida y los gestores del grupo disminuyeron la presión al alza. En la siguiente subida general, volvieron a intentar hacer un mercado activo y se deshicieron de un buen número de ellas, pero la promoción resultó bastante caro. Finalmente, lo subieron a 150. Pero el mercado alcista ya no estaba en su apogeo, por lo que el grupo promotor se vio obligado a vender lo que pudo a la baja y a personas a las que les encanta comprar después de una buena reacción, basándose en la falacia de que un valor que se ha llegado a vender a 150 debe ser barato a 130 y una verdadera ganga a 120. Además, pasaron el dato primero a los operadores del parqué, que con frecuencia logran crear un mercado temporal y después a las casas de comisiones. Todo ayudaba y el grupo estaba usando todos los mecanismos conocidos. El problema era que el tiempo de las acciones alcistas había pasado. Los imbéciles se habían tragado otros anzuelos. El grupo de Borneo no lo vio o no quiso verlo.

Estaba en Palm Beach con mi esposa. Un día gané un poco de dinero en Gridley's y cuando llegué a casa le di a la Sra. Livingston un billete de quinientos dólares. Fue una curiosa coincidencia, pero esa misma noche conoció en una cena al Presidente de Borneo Tin Company, un tal Sr. Wisenstein, que se había convertido en el gerente de la reserva de acciones. No supimos hasta tiempo después que este Wisenstein maniobró deliberadamente para sentarse junto a la Sra. Livingston en la cena.

Estuvo particularmente encantador con ella y le habló de forma muy amena. Al final le dijo, muy confidencialmente, “Sra. Livingston, voy a hacer algo que nunca he hecho antes. Estoy muy contento de hacerlo porque usted sabe exactamente lo que significa”. Se detuvo y miró a la Sra. Livingston ansiosamente, para asegurarse de que no sólo era prudente sino también discreta. Estaba tan claro como si lo llevara escrito en la cara, pero solamente le contestó, “Sí”.

“Sí Sra. Livingston. Ha sido un gran placer conocerla a usted y a su esposo y quiero demostrar que soy sincero al decir esto porque espero verlos mucho a ambos. ¡Estoy seguro de que no tengo que decirle que lo que voy a decir es estrictamente confidencial!”. Luego susurró, “Si compras acciones de Borneo Tin, ganarás mucho dinero”.

“¿Lo crees?”, preguntó ella.

“Justo antes de salir del hotel”, dijo, “recibí algunos telegramas con noticias que no serán conocidas por el público hasta dentro de varios días por lo menos. Voy a reunir todas las acciones que pueda. Si consigues algo en la apertura de mañana, lo comprarás al mismo tiempo y al mismo precio que yo. Te doy mi palabra de que las acciones de Borneo Tin subirán. Eres la única persona a la que le he dicho esto. ¡Absolutamente la única!”

Ella le dio las gracias y luego le dijo que no sabía nada de especular con acciones. Pero él le aseguró que no era necesario que supiera más de lo que le había dicho. Para asegurarse de que lo había escuchado bien, le repitió su consejo:

“Todo lo que tienes que hacer es comprar tantas acciones de Borneo Tin como desees. Te doy mi palabra de que si lo haces no perderás ni un centavo. Nunca antes le había dicho a una mujer o a un hombre que comprara nada en mi vida. Pero estoy tan seguro que el valor superará los 200 que me gustaría que tú también ganarás algo de dinero. No puedo comprar todas las acciones yo mismo, sabes, y si alguien además de mí va a beneficiarse de la subida, prefiero que seas tú y no un extraño. ¡Mucho mejor! Te lo he dicho en confianza porque sé que no vas a hablar de ello. ¡Hazme caso, Sra. Livingston y compre las acciones de Borneo Tin!”

Lo dijo muy en serio y consiguió impresionarla de tal manera que empezó a pensar que había encontrado un excelente uso para los quinientos dólares que le había dado aquella tarde. Ese dinero no me había costado nada y estaba fuera de su asignación que administraba para el funcionamiento del hogar. En otras palabras, era un dinero fácil de perder si la suerte iba en su contra. Pero había dicho que seguramente ganaría. Aquel caballero le había dicho que ganaría con seguridad y sería agradable ganar dinero por su cuenta en contármelo todo después.

Bueno, señor, a la mañana siguiente, antes de que abriera el mercado, entró a la oficina de Harding y le dijo al gerente:

“Sr. Haley, quiero comprar algunas acciones, pero no quiero que vayan a mi cuenta habitual porque no quiero que mi esposo sepa nada hasta que haya ganado algo de dinero. ¿Puedes encargarte de eso?”

Haley, el gerente, dijo, “Oh, sí. Podemos hacer una cuenta especial. ¿Cuál es la acción y cuánto quieres comprar?”

Ella le dio los quinientos dólares y le dijo, “escucha, por favor. Si pierdo, no quiero deberte nada y recuerda, no quiero que el Sr. Livingston sepa nada de todo esto. Cómprame todas las acciones que pueda de Borneo Tin a la apertura”.

Haley guardó el dinero y le dijo que no diría una palabra a nadie y le compró cien acciones en la apertura. Creo que las compró a 108. La acción fue muy activa ese día y cerró con una subida de tres puntos. La Sra. Livingston estaba tan encantada con su hazaña que apenas se pudo contener de contármelo todo.

Sucedió que me había vuelto más y más bajista en el mercado general. La inusual actividad de Borneo Tin me llamó la atención, porque pensaba que no era el momento adecuado para que un valor subiera y mucho menos uno como aquel. Había decidido comenzar mis operaciones bajistas ese mismo día y comencé vendiendo unas diez mil acciones de Borneo. Si no lo hubiera hecho, creo que la acción habría subido cinco o seis puntos en vez de tres.

Al día siguiente, vendí dos mil acciones en la apertura y otras dos mil justo antes del cierre y la acción llego a los 102 puntos.

Haley, el gerente de la Sucursal de Harding Brothers en Palm Beach, estaba esperando a que la Sra. Livingston pasara por allí la tercera mañana. Ella solía pasearse hacia las once para ver cómo estaban las cosas, si estaba haciendo algo.

Haley la llevó aparte y le dijo, “Sra. Livingston, si quieres que te lleve esas cien acciones de Borneo Tin, tendrás que darme más margen”.

“Pero no tengo más”, le dijo ella.

“Puedo transferirlo a tu cuenta habitual”, dijo él.

“No”, objetó ella, “porque así L. L.se enteraría”.

“Pero la cuenta ya muestra una pérdida de…” comenzó el gerente.

“Pero te dije claramente que no quería perder más que los quinientos dólares. Ni siquiera quería perder eso”, dijo ella.

“Lo sé, Sra. Livingston, pero no quería venderlo sin consultarlo contigo y ahora, a menos que me autorices mantenerlas, tendré que venderlas”.

“Pero es que había ido tan bien el día que compré”, dijo ella, “que no creí que actuaría así tan pronto. ¿Tú sí?”

“No”, respondió Haley, “yo tampoco”. En las oficinas de la bolsa, siempre hay que ser diplomático, por si las moscas.

“¿Qué ha pasado Sr. Haley?”

Haley lo sabía, pero no podía decírselo sin delatarme, y el negocio de un cliente es sagrado. Así que dijo, “no he escuchado nada especial al respecto, ni en un sentido ni en otro. ¡Ahí va! ¡Ha bajado otra vez!” Y señaló la tabla de cotizaciones.

La Sra. Livingston miró el precio de la acción que se hundía y se lamentó: “¡Oh, Sr. Haley! ¡No quería perder mis quinientos dólares! ¿Qué voy a hacer?”

“No lo sé, Sra. Livingston, pero si yo fuera tú le preguntaría al Sr. Livingston”.

“¡Oh, no! Él no quiere que especule con mi cuenta, me lo ha dicho muchas veces. Si yo se lo pido, compra o vende acciones en mi nombre, pero nunca antes he operado sin que él lo supiera. No me atrevería a decírselo ahora”.

“No te preocupes”, dijo Haley con un tono tranquilizador. “Es un magnífico operador y sabrá lo que hay que hacer”. Al ver que ella sacudía violentamente la cabeza, añadió diabólicamente “o si no, pon unos o dos mil para mantener tus acciones de Borneo”.

La alternativa la decidió en ese momento. Se quedó en la oficina, pero cuando el mercado se debilitó más y más, se acercó a donde yo estaba sentado mirando la tabla de cotizaciones y me dijo que quería hablar conmigo. Pasamos a la oficina privada y me contó toda la historia. Así que le dije: “Pequeña ingenua, apártate de esta operación”.

Me prometió que lo haría, así que le devolví sus quinientos dólares y se fue contenta. Las acciones estaban a la par en ese momento.

Vi lo que había pasado. Wisenstein era una persona astuta. Supuso que la Sra. Livingston me contaría lo que le había dicho y yo estudiaría las acciones. Sabía que la actividad siempre me atraía y que yo era conocido por tener una cartera bien repleta de acciones. Supongo que pensó que compraría diez o veinte mil acciones.

Fue uno de los datos más inteligentemente planificados y artísticamente impulsados de los que he tenido noticia. Pero salió mal. Tenía que hacerlo. En primer lugar, la señora había recibido ese mismo día quinientos dólares no ganados y por lo tanto, estaba de humor mucho más aventurero que de costumbre. Deseaba ganar algo de dinero por sí misma y la mujer dramatizó la tentación de forma tan atractiva que resultó irresistible. Sabía lo que yo pensaba de la especulación de la bolsa practicada por personas ajenas a la bolsa y no se atrevió a mencionarme el asunto. Wisenstein no midió bien su psicología.

También se equivocó por completo al adivinar el tipo de operador que era yo. Nunca acepto datos y soy bajista en todo el mercado. Las tácticas que él pensó que serían efectivas para inducirme a comprar acciones de Borneo, es decir, la actividad y la subida de tres puntos, fueron precisamente las que me hicieron elegir las acciones de Borneo como punto de partida cuando decidí vender toda mi cartera.

Después de escuchar la historia de la Sra. Livingston estaba más dispuesto que nunca a vender las acciones de Borneo. Todas las mañanas en la apertura y todas las tardes justo antes del cierre fui vendiendo mis acciones, regularmente, hasta que vi la oportunidad de realizar mis descubiertos con una buena ganancia.

Siempre me ha parecido el colmo de la estupidez operar siguiendo datos, supongo que porque no estoy hecho de la misma forma de quienes los siguen. A veces pienso que los tomadores de datos son como los borrachos. Hay algunos que no pueden resistir las ansias y siempre buscan esos datos que consideran indispensables para su felicidad. Es fácil abrir las orejas y dejar que entre el dato. Que a uno le den instrucciones muy fáciles de obedecer para ser feliz es casi tan estupendo como serlo, ya que es un primer paso muy grande para satisfacer lo que nuestro corazón anhela. No es tanto que la ambición quede cegada por la ansiedad sino que la esperanza queda vendada por la falta de disposición a pensar.

Y no sólo entre el público externo se encuentran los tomadores de datos empedernidos. Los operadores profesionales de la Bolsa de Nueva York son igual de malos. Soy consciente de que muchos de ellos tienen una idea equivocada de mí, porque nunca le doy datos a nadie. Si le dijera al hombre promedio, “¡Vende cinco mil acciones de Steel!”, lo haría en el acto. Pero si le dijo que soy bastante bajista en todo el mercado y le doy mis razones detalladas, encuentra problemas para escuchar y después de que termine de hablar me mirará mal por perder su tiempo expresando mis opiniones sobre las condiciones generales en vez de darle un dato directo y específico, como un verdadero filántropo del tipo que es tan abundante en Wall Street el tipo que ama poner millones en los bolsillos de amigos, conocidos y absolutos extraños por igual.

La creencia en los milagros que todos los hombres aprecian nace de una inmoderada indulgencia en la esperanza. Hay personas que periódicamente sufren ataques de esperanza y todos conocemos el borracho crónico de esperanza que nos meten delante de los ojos como un optimista ejemplar. En realidad, solamente son personas que se nutren de los datos que les dan los demás.

Tengo un conocido, miembro de la Bolsa de Nueva York, que era de los que pensaba que yo era un tipo egoísta y frío porque nunca daba datos valiosos a los amigos. Un día, hace ya algunos años, estaba hablando con un periodista que le comentó casualmente que le habían dicho de buena fuente que G. O. H. iba a subir. Mi amigo corredor de bolsa compró inmediatamente mil acciones y vio al precio bajar tan rápidamente que antes de poder salir del mercado ya había perdido tres mil quinientos dólares. Se reunió con el hombre del periódico uno o dos días después, cuando todavía estaba dolorido.

“Vaya porquería de dato que me diste”, se quejó.

“¿Qué dato fue ese?”, preguntó el periodista, que no lo recordaba.

“De las acciones de G. O. H., dijiste que lo sabías de buena fuente”.

“Así es. Me lo dijo un director de la empresa que es miembro del comité de finanzas”.

“¿Quién de ellos fue?”, preguntó el corredor vengativamente.

“Pues si lo quieres saber”, respondió el periodista, “fue tu propio suegro, el Sr. Westlake”.

“¡¿Por qué demonios no me dijiste que te referías a él?!”, gritó el corredor. “¡Me has hecho perder trescientos dólares!” No creía en los datos familiares. Cuanto más lejana era la fuente, mejor era el dato.

El viejo Westlake era un banquero y promotor rico y exitoso. Un día se encontró con John W. Gates. Quién le preguntó qué sabía. “Si vas a aprovechar el dato, te lo doy. Si no, me ahorraré el trabajo”, respondió el viejo Westlake de malhumor.

“Por supuesto que lo haré”, prometió Gates alegremente.

“¡Vende las acciones de Reading! Hay veinticinco puntos seguros en ella y posiblemente más. Pero veinticinco absolutamente seguros”, dijo Westlake de forma imponente.

“Te lo agradezco mucho” y Gates estrechó la mano calurosamente y se marchó en dirección a la oficina de su corredor.

Westlake se había especializado en Reading. Lo sabía todo sobre la empresa y se relacionaba con los que manejaban la información interna, por lo que el mercado de ese valor era un libro abierto para él y todo lo sabía. Y ahora le aconsejaba al conocido especulador que tomara una posición al descubierto.

Bueno, Reading no dejó de subir. En el lapso de pocas semanas subió algo así como cien puntos. Un día el viejo Westlake se encontró de sopetón delante de John W. en Wall Street, pero hizo como si no lo hubiera visto y siguió caminando. John W. Gates lo alcanzó muy sonriente y tendiéndole la mano. El viejo Westlake se la estrechó un tanto aturdido.

“Quiero agradecerte el dato que me diste sobre las acciones de Reading”, dijo Gates.

“Yo no te di ningún dato”, dijo Westlake frunciendo el ceño.

“Claro que sí y fue un dato excelente. ¡Gané sesenta mil dólares!” “¿Ganaste sesenta mil dólares?”

“¡Sí!” ¿No te acuerdas? Me dijiste que vendiera las acciones de Reading; así que fui y en vez de eso las compré. Siempre he ganado dinero haciendo lo contrario de lo que indican tus datos, Westlake dijo “John W. Gates muy complacido”. “¡Siempre!”

El viejo Westlake se quedó mirando a aquel operador tan directo y al final le comentó con admiración, “¡Gates, qué rico sería yo si tuviera tu cerebro!”

El otro día conocí al Sr. W. A. Rogers, el famoso caricaturista, cuyos dibujos de Wall Street tanto admiraban los corredores. Sus caricaturas diarias en el New York Herald dieron durante años placer a miles de personas. Me contó una historia. Fue justo antes de que entráramos en guerra con España. Estaba pasando una noche con un amigo corredor de bolsa. Y cuando se fue, agarró su sombrero bombín del perchero, al menos pensó que era su sombrero, pues tenía la misma forma y le quedaba perfectamente.

En aquel momento Wall Street no pensaba ni hablaba más que de la Guerra con España. ¿Habría guerra o no? Si había guerra, el mercado bajaría; no tanto por nuestras propias ventas como por la presión de los tenedores europeos de nuestros valores. Si había paz, sería fácil comprar acciones, ya que se habían producido considerables descensos provocados por el sensacionalismo de la prensa amarilla. El Sr. Rogers me contó el resto de la historia como sigue:

“Mi amigo, el corredor de bolsa, en cuya casa había estado la noche anterior, estaba al día siguiente en la Bolsa debatiendo ansiosamente en su mente a qué lado del mercado jugar. Repasó los pros y los contras, pero era imposible distinguir qué eran rumores y qué eran hechos. No había noticias auténticas que lo guiaran. En un momento pensó que la guerra era inevitable y en el siguiente casi se convenció de que era totalmente improbable. Su perplejidad debió de provocarle una subida de temperatura, porque se quitó el sombrero para secarse la frente. No sabía si debía comprar o vender”.

“Miró por casualidad el interior de su sombrero. Allí, en letras doradas, estaba la palabra GUERRA. Esa era toda la corazonada que necesitaba. ¿No fue un dato de la Providencia a través de mi sombrero? Así que vendió un montón de acciones, la guerra fue debidamente declarada, se cubrió en la caída y se hizo con una fortuna”. Y entonces W. A. Rogers acabó la historia con un, “¡Nunca recuperé ese sombrero!”

Pero la perla de mis historias sobre los datos tiene que ver con uno de los miembros más conocidos de la Bolsa de valores de Nueva York, J. T. Hood. Un día, otro operador del parqué, Bert Walker, le dijo que había hecho un buen favor a un destacado director de los ferrocarriles Atlantic & Southern. A cambio, el agradecido agente le dijo que comprara todas las acciones de A. & S. que pudiera. Los directores iban a hacer algo que haría subir las acciones al menos veinticinco puntos. Todos los directores no estaban al tanto, pero la mayoría votaría a favor.

Bert Walker llegó a la conclusión de que la tasa de dividendos iba a ser elevada. Se lo comunicó a su amigo Hood y cada uno de ellos compró un par de miles de acciones de A. & S. Las acciones estaban muy débiles, antes y después de que compraran, pero Hood dijo que eso estaba obviamente destinado a facilitar la acumulación por parte del grupo con información privilegiada, encabezado por el agradecido amigo de Bert.

El jueves siguiente, después del cierre del mercado, los directores de Atlantic & Southern se reunieron y aprobaron el dividendo. La acción rompió seis puntos en los primeros seis minutos de negociación el viernes por la mañana.

Bert Walker se enfadó mucho. Llamó al director agradecido, que estaba desconsolado por ello y muy arrepentido. Dijo que había olvidado que le había dicho a Walker que comprara. Esa era la razón por la que había omitido llamarlo para comunicarle un cambio en los planes de la facción dominante en el consejo. El director, arrepentido, estaba tan ansioso por compensar su error que le pasó otro dato a Bert. Le explicó amablemente que un par de colegas suyos querían conseguir acciones baratas y en contra de su criterio, recurrieron a un trabajo sucio. Tuvo que ceder para ganar sus votos. Pero ahora que todos habían reunido la totalidad de sus carteras, no había nada que detuviera la subida. Comprar A. & S. ahora era una ganancia segura y garantizada.

Bert no sólo lo perdonó, sino que estrechó la mano del alto financiero. Naturalmente, se apresuró a buscar a su amigo y compañero de desventura, el Sr. Hood, para comunicarle las buenas noticias. Iban a ganar mucho dinero en un instante. Ya les habían dado el dato del que el valor subiría y compraron, pero ahora cotizaba quince puntos por debajo. Eso era pan comido, así que compraron cinco mil acciones en una cuenta conjunta.

Como si hubieran hecho sonar una campana para empezar, la acción comenzó a bajar por lo que evidentemente era una venta basada en información privilegiada. Dos especialistas confirmaron alegremente la sospecha. Hood vendió sus cinco mil acciones. Cuando terminó, Bert Walker le dijo, “Si ese estafador no se hubiera ido a Florida anteayer, le partiría la cara.”

“Sí, lo harías. Pero tu vienes conmigo”.

“¿Adónde?”, preguntó Hood.

“A la oficina de telégrafos. Quiero enviarle un telegrama a ese canalla que no va a olvidar jamás. Vamos".

Hood avanzó. Bert le indicó el camino hacia la oficina de telégrafos. Allí, llevado por sus sentimientos de que habían tenido una gran pérdida en las cinco mil acciones, redactó una obra maestra de vituperio. Se la leyó a Hood y terminó, “esto se acercará bastante para mostrarle lo que pienso de él”.

Estaba a punto de pasarle el papel al empleado que lo esperaba cuando Hood dijo, “¡Espera, Bert!”.

“¿Qué pasa?”

“Yo no lo enviaría”, aconsejó Hood con seriedad.

“¿Por qué no?”, dijo Bert.

“Porque se enfadará muchísimo”

“Eso es lo que queremos, ¿no?”, dijo Bert, mirando a Hood con sorpresa.

Pero Hood sacudió la cabeza con desaprobación y dijo con toda seriedad, “¡No volveremos a recibir un dato suyo si envías ese telegrama!”

Un operador profesional realmente dijo eso. Ahora bien, ¿de qué sirve hablar de los que aceptan los datos de los imbéciles? Los hombres no aceptan datos porque sean unos imbéciles, sino porque les gustan esos cócteles de esperanza de los que he hablado. La receta del viejo Barón Rothschild para ganar riqueza se aplica con más fuerza que nunca a la especulación. Alguien le preguntó si ganar dinero en la Bolsa no era un asunto muy difícil y él respondió que, por el contrario, le parecía muy fácil.

“Eso es porque tú eres muy rico”, objetó el entrevistador.

“En absoluto. He encontrado un camino fácil y lo mantengo. No puedo evitar ganar dinero. Si lo deseas, te contaré mi secreto. Es el siguiente: nunca compra a la baja y siempre vendo demasiado pronto”.

Los inversionistas son una raza diferente de gatos. La mayoría de ellos se pasan el día consultando informes y estadísticas de ganancias, barajando datos matemáticos de toda clase como si fueran hechos ciertos. El factor humano se minimiza por regla general. A muy poca gente le gusta comprar en una empresa unipersonal. Pero el inversionista más sabio que he conocido fue un hombre que empezó siendo un holandés en Pensilvania y siguió viniendo a Wall Street, donde se relacionó con Russell Sage.

Era un gran investigador, un incansable de Missouri. Sólo se fiaba de las respuestas que obtenía a sus propias preguntas y en ver con sus propios ojos. No se servían los lentes de otros. Esto fue hace años. Al parecer, tenía bastantes acciones de Atchison. En ese momento empezó a escuchar informes inquietantes sobre la empresa y su gestión. Le dijeron que el Sr. Reinhart, el presidente, en vez de ser la maravilla que se le atribuía, era en realidad un gestor de lo más extravagante cuya imprudencia estaba llevando rápidamente a la empresa a la ruina. Cuando llegara el momento de pasar cuentas, la factura sería altísima.

Esta era precisamente la clase de noticias que eran como el aliento de vida para el holandés de Pensilvania. Se apresuró a ir a Boston para entrevistar al Sr. Reinhart y hacerle algunas preguntas. Las cuales consistieron en repetir las acusaciones que había escuchado y luego preguntar al presidente de Atchison, Topeka & Santa Fe Railroad si eran ciertas.

El Sr. Reinhart no sólo negó rotundamente las acusaciones sino que dijo aún más: procedió a demostrar con cifras que los denunciantes eran unos mentirosos malintencionados. El holandés de Pensilvania había pedido información exacta y el presidente se la dio, mostrándole lo que la compañía estaba haciendo y cómo estaba financieramente, hasta el último centavo.

El holandés de Pensilvania dio las gracias al Presidente Reinhart, regresó a Nueva York y vendió rápidamente todas las acciones que tenía de Atchison. Una semana más tarde usó sus fondos inactivos que tenía para comprar una gran cartera de acciones de Delaware, Lackawanna & Western.

Años después, en medio de una conversación, comentó un hecho que lo llevó a adoptar una decisión que le cambió la vida. Para bien, claro.

“Verás”, dijo, “me di cuenta de que el Presidente Reinhart, cuando anotaba cifras. Abría su suntuoso escritorio de caoba con cubierta enrollable y extraía una de sus famosas cuartillas. Se trataba de un papel de hilo, grueso y con un bello membrete estampado a dos tintas. No solo era muy caro, sino que, lo que es peor, era innecesariamente caro. Escribía algunas cifras en una hoja para mostrarme exactamente lo que la empresa ganaba en determinadas divisiones o para demostrar cómo estaban recortando los gastos o reduciendo los costos de funcionamiento y luego arrugaba la hora del caro papel y lo tiraba a la papelera. Al poco tiempo, quería impresionarme con las economías que estaban introduciendo y tomaba una nueva hoja del precioso papel con membretes grabados en dos colores. Unas cuantas cifras y bingo, ¡a la papelera! Más dinero desperdiciado sin pensar. Se me ocurrió que si el presidente era ese tipo de hombre, difícilmente insistiría en tener o recompensar a asistentes económicos. Por lo tanto, decidí creer a las personas que me habían dicho que la gestión era extravagante en vez de aceptar la versión del presidente y vendí las acciones de Atchison que tenía.

“Sucedió que tuve la oportunidad de ir a las oficinas de la Delaware, Lackawanna & Western unos días después. El Viejo Sam Sloan era el presidente. Su oficina era la más cercana a la entrada y su puerta estaba abierta de par en par. Siempre estaba abierta. Nadie podía entrar en las oficinas generales de la D. L. & W. en aquellos días y no ver al presidente de la compañía sentado en su escritorio. Cualquier persona podía entrar y hacer negocios con él de inmediato, si tenía algún asunto que hacer. Los periodistas financieros solían decirme que nunca tenían que andarse con rodeos con el viejo Sam Sloan, sino que le hacían sus preguntas y obtenían un sí o un no rotundo, sin importar las exigencias bursátiles de los otros directores.

“Cuando entré vi que el viejo estaba ocupado. Al principio pensé que estaba abriendo el correo, pero cuando entré y estuve cerca del escritorio vi lo que estaba haciendo. Después supe que era su costumbre diaria. Después de clasificar y abrir el correo, en vez de tirar los sobres vacíos los hacía recoger y llevar a su oficina. En sus momentos de ocio rompía el sobre por todos lados. Así obtenía dos trozos de papel, cada uno con una cara en blanco. Los amontonaba y los distribuía para usarlos en vez de los blocs de notas para hacer cálculos como los de Reinhart había hecho para mí en papel grabado. No se desperdiciaban los sobres vacíos ni los momentos de ocio del presidente. Todo aprovechado.

“Me pareció que si ese era el tipo de hombre de D. L. & W. tenía como presidente, la empresa se gestionaba de forma económica en todos los departamentos. ¡El presidente se encargaría de ello! Por supuesto, sabía que la empresa pagaba dividendos regularmente y tenía una buena propiedad. Compre todas las acciones de D. L. & W. que pude. Desde entonces el capital social se ha duplicado y cuadruplicado. Mis dividendos anuales ascienden a tanto como mi inversión original. Todavía tengo mis acciones de D. L. & W. y Atchison pasó a manos de un depositario judicial pocos meses después de que viera al presidente tirar hoja tras hoja de papel de hilo con un bello membrete estampado a dos tintas a la papelera para demostrarme con cifras que no era extravagante”.

Y lo bueno de esa historia es que es cierta y que ninguna otra acción que el holandés de Pensilvania hubiera podido comprar habría resultado ser una inversión tan buena como la de las acciones de ferrocarriles D. L. & W.

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