Memorias de un operador de Bolsa

Capítulo XIV

Siempre he pensado que después de mi salida de Williamson & Brown el nivel del mercado había bajado. Entramos de lleno en un largo periodo sin dinero; cuatro años de gran escasez. No había ni un céntimo que ganar. Como dijo una vez Billy Hen-riquez, “era el tipo de mercado en el que ni siquiera una mofeta o zorrillo podía producir un olor”.

Me pareció que estaba metido en un lío con el destino. Puede que el plan de la Providencia fuera a castigarme, pero en realidad no me había llenado de un orgullo tal que exigiera una caída. No había cometido ninguno de esos pecados especulativos que un operador debe expiar en el lado deudor de la cuenta. No era culpable de una típica jugada de imbécil. Lo que había hecho, o mejor dicho, lo que había dejado de hacer, era algo por lo que habría recibido elogios y no culpas al norte de la Calle 42. En Wall Street fue absurdo y costoso. Pero lo peor de todo era la tendencia que tenía a hacer que un hombre se sintiera menos inclinado a permitirse sentimientos humanos en el distrito del teletipo.

Me fui de la correduría de Williamson y probé en otras corredurías de bolsa. En todas ellas perdí dinero. Me vino bien, porque estaba tratando de forzar al mercado a darme lo que no tenía que dar, es decir, oportunidades para ganar dinero. No encontré ningún problema para conseguir crédito, porque los que me conocían tenían fe en mí. Para que te hagas una idea de la gran confianza que me tenían, bastará que diga que cuando finalmente dejé de operar a crédito debía más de un millón de dólares.

El problema no era que hubiera perdido el control, sino que durante esos cuatro miserables años las oportunidades de ganar dinero simplemente no existían. Sin embargo, seguí adelante, tratando de hacer una apuesta y consiguiendo sólo aumentar mi endeudamiento. Cuando dejé de operar por mi cuenta para no deber más dinero a mis amigos, me gané la vida llevando cuentas de personas que creían en mis posibilidades de ganar incluso en un mercado poco animado. Por mis servicios cobraba un porcentaje de las ganancias, cuando los había y así vivía. Mejor dicho, así me ganaba la vida.

Por supuesto, no siempre perdía, pero nunca ganaba lo suficiente como para permitirme reducir materialmente lo que debía. Finalmente, cuando las cosas empeoraron, sentí el comienzo del desánimo por primera vez en mi vida.

Todo parecía haberme salido mal. No iba por ahí llorando la pérdida de millones, yates y el consiguiente descenso a las deudas y la vida sencilla. No disfruté de la situación, pero no me llené de autocompasión. No me propuse esperar pacientemente a que el tiempo y la Providencia hicieran cesar mis malestares. Por lo tanto, estudié mi problema. Estaba claro que la única forma de salir de mis problemas era ganar dinero. Para eso solamente necesitaba operar con éxito. Ya había operado así antes y debía hacerlo nuevamente. Más de una vez, en el pasado, había pasado de un capital escaso a tener cientos de miles de dólares. Tarde o temprano el mercado me ofrecería una oportunidad.

Me convencí a mí mismo de que lo que estaba mal era mi problema y no el del mercado. Ahora bien, ¿cuál podría ser el problema conmigo? Me hice esa pregunta con el mismo espíritu con el que siempre estudio las distintas fases de mis problemas de negociación. Lo pensé detenidamente y llegué a la conclusión de que mi principal problema provenía de la preocupación por el dinero que debía. Nunca me libré de la incomodidad mental que eso suponía. Debo explicarte que no se trataba de la simple conciencia de me endeudamiento. Cualquier hombre de negocios contrae deudas en el curso de su actividad habitual. La mayoría de mis deudas no eran en realidad más que deudas comerciales, debidas a lo que eran condiciones comerciales desfavorables para mí y no peores que las que sufre un operador, por ejemplo, cuando hay un período excepcionalmente largo de mal tiempo.

Por supuesto, a medida que pasaba el tiempo y no podía pagar, comencé a sentirme menos filosófico sobre mis deudas. Me explicaré: Debía más de un millón de dólares, todo ello por pérdidas en la bolsa, recuerda eso. La mayoría de mis acreedores eran muy amables y no me molestaban; pero había dos que sí me atormentaban. Solían seguirme a todas partes. Cada vez que ganaba algo, ahí estaban ellos en persona, preguntando por lo que había ganado e insistiendo en cobrar su deuda. Uno de ellos, al que debía ochocientos dólares, amenazó con demandarme, embargar mis muebles y muchas cosas más. No puedo concebir por qué pensó que yo ocultaba bienes, a menos que fuera porque no parecía un desamparado a punto de morir de pobreza extrema.

Cuando estudié el problema, vi que no era un caso que requiriera leer la cinta, sino leerme a mí mismo. Llegué a la fría conclusión de que nunca sería capaz de lograr nada útil mientras estuviera preocupado y estaba igualmente claro que debía estar preocupado mientras debiera dinero. Es decir, mientras cualquier acreedor tuviera el poder de humillarme o interponerse en mi recuperación insistiendo en que le pagara antes de que pudiera reunir un capital decente. Todo esto era tan evidentemente cierto que me dije, “tengo que declararme en quiebra”. ¿Qué otra cosa podría darme tranquilidad mental?

Suena fácil y sensato, ¿verdad? Pero fue más que desagradable, te lo aseguro. Odiaba hacerlo. Odiaba ponerme en situación de ser incomprendido o mal juzgado. A mí nunca me importó mucho el dinero. Nunca pensé lo suficiente en él como para considerar que valía la pena mentir por él. Pero sabía que todo el mundo no pensaba así. Por supuesto, también sabía que, si volvía a recuperarme, le pagaría a todo el mundo, pues la obligación seguía vigente. Pero si no era capaz de operar como antes, nunca podría devolver ese millón que debía.

Me puse nervioso y fui a ver a mis acreedores. Fue algo muy difícil para mí, ya que la mayoría de ellos eran amigos personales o viejos conocidos.

Les expliqué la situación con toda franqueza. Les dije, “no voy a dar este paso porque no quiera pagarles, sino porque, en justicia tanto para mí como para ustedes, debo ponerme en situación de ganar dinero. Llevo más de dos años pensando en esta solución, pero no me atreví a decírselo con toda franqueza. Habría sido infinitamente mejor para todos nosotros si lo hubiera hecho. Todo se reduce a esto: no puedo ser mi antiguo yo mientras me acosen o molesten estas deudas. He decidido hacer ahora lo que debería haber hecho hace un año. No tengo otra razón que la que acabo de darles”.

Lo que dijo el primer hombre fue lo mismo que dijeron todos los demás. Habló en nombre de su empresa.

Dijo, “Livingston, te entendemos. Comprendemos perfectamente tu posición. Te diré lo que haremos: te liberaremos de la deuda. Haz que tu abogado prepare el documento que quieras y lo firmaremos”.

Eso fue en esencia lo que dijeron todos mis grandes acreedores. Y representa un lado desconocido de Wall Street. No fue simplemente una buena naturaleza descuidada o deportividad. También fue una decisión muy inteligente, porque era claramente un buen negocio. Aprecié tanto la buena voluntad como la valentía empresarial.

Estos acreedores, me concedieron una liberación de mis deudas de más de un millón de dólares, pero hubo acreedores pequeños que no quisieron firmar. Uno de ellos era al que le debía los ochocientos dólares que ya te he mencionado. También debía sesenta mil dólares a una empresa de corretaje que se había declarado en bancarrota y los recaudadores, que no conocían de nada, me perseguían todo el día. Incluso si hubieran estado dispuestos a seguir el ejemplo de mis mayores acreedores, supongo que el tribunal no les habría dejado firmar. En cualquier caso, mi plan de quiebra solamente ascendía a unos cien mil dólares, aunque, como he dicho, debía más de un millón.

Fue muy desagradable ver la historia en los periódicos. Siempre había pagado mis deudas en su totalidad y esta nueva experiencia me resultó de lo más mortificante. Sabía que algún día pagaría a todos si vivía, pero todos los que leyeran el artículo no lo sabrían. Me daba vergüenza salir a la calle después de ver el reportaje en los periódicos. Pero se me pasó enseguida y no puedo decir lo intenso que fue mi sentimiento de alivio al saber que ya no iba a ser acosado por gente que no entendía cómo un hombre debe dedicar toda su mente a su negocio si quiere tener éxito en la especulación de la bolsa.

Ahora que mi mente estaba libre para dedicarme a operar con alguna perspectiva de éxito, sin deudas, el siguiente paso era conseguir otra participación. La Bolsa había estado cerrada desde el treinta y uno de julio hasta mediados de diciembre de 1914 y Wall Street estaba en depresión total. No había habido ninguna transacción en mucho tiempo. Les debía a todos mis amigos. No podía pedirles que me ayudaran de nuevo sólo porque habían sido tan agradables y amables conmigo, cuando sabía que nadie estaba en condiciones de hacer gran cosa por los demás.

Fue una tarea muy difícil reunir un capital decente, ya que con el cierre de la Bolsa no había nada que pudiera pedir a ningún corredor que hiciera por mí. Lo intenté en un montón de sitios. Fue inútil.

Finalmente fui a ver a Dan Williamson. Esto fue en febrero de 1915. Le dije que me había desprendido de la carga mental de la deuda y que estaba preparado para operar como antes. Recordarás que cuando necesitaba me ofreció el uso de veinticinco mil dólares sin que lo pidiera.

Ahora que lo necesitaba me dijo, “cuando veas algo que te parezca bien y quieras comprar quinientas acciones hazlo y no habrá problemas”.

Le di las gracias y me fui. Me había impedido ganar mucho dinero y la oficina había ganado mucho en comisiones gracias a mí. Reconozco que me dolió un poco pensar que Williamson & Brown no me diera una apuesta decente. Al principio tenía la intención de operar de forma conservadora. Mi recuperación financiera sería más fácil y rápida si pudiera empezar con una cartera un poco mejor que unas quinientas acciones. Pero, de todos modos, me di cuenta de que, tal como estaba, ahí estaba mi oportunidad de volver.

Me fui de las oficinas de Dan Williamson y estudié la situación en general y la mía en particular. Era un mercado alcista. Eso estaba tan claro para mí como para miles de operadores. Pero mi apuesta consistía simplemente en una oferta de llevar quinientas acciones para mí. Es decir, no tenía ningún margen de maniobra, limitado como estaba. No podía permitirme ni siquiera un pequeño contratiempo al principio. Debía acumular mi participación con mi primera jugada. Esa compra inicial de quinientas acciones debía ser rentable. Tenía que ganar dinero de verdad. Sabía que a no ser que contara con suficiente capital para operar, no sería capaz de razonar bien. Sin unos márgenes adecuados, sería imposible adoptar la actitud fría y desapasionada hacia el juego que se deriva de la capacidad de permitirme unas cuantas pérdidas menores, como las que a menudo sufría al probar el mercado antes de hacer la gran apuesta.

Ahora pienso que me encontré en el periodo más crítico de mi carrera como especulador. Si fracasaba esta vez, no podría saber dónde o cuándo, si es que alguna vez lo hacía, podría conseguir otra apuesta para volver a intentarlo. Estaba muy claro que simplemente debía esperar el momento psicológico exacto.

No me acerqué más a las oficinas de Williamson & Brown. Es decir, me mantuve alejado de ellos a propósito durante seis largas semanas de lectura constante de cintas. Tenía miedo de que si iba a la oficina, sabiendo que podía comprar quinientas acciones, pudiera caer en la tentación de negociar en el momento equivocado o en la acción equivocada. Un operador, además de estudiar las condiciones básicas, recordar los precedentes del mercado y tener en cuenta la psicología del público externo, así como las limitaciones de sus corredores, también debe conocerse a sí mismo y prever sus propias debilidades. No es necesario sentir rabia por ser humano. He llegado a pensar que es tan necesario saber leerme a mí mismo como saber leer la cinta. He estudiado y calculado mis propias reacciones a determinados impulsos o a las inevitables tentaciones de un mercado activo, con el mismo ánimo y espíritu con que consideraba las condiciones de las cosechas o analizando los informes de ganancias.

Así que día tras día, sin dinero y ansioso por reanudar las operaciones, me sentaba frente a la tabla de cotizaciones en la oficina de otro corredor de bolsa, donde no podía comprar ni vender más que una acción, estudiando el mercado, sin perder ni un sola transacción en la cinta, esperando el momento psicológico para hacer sonar la campana a toda velocidad.

Debido a las condiciones conocidas por todo el mundo, la acción que más me gustaba en aquellos días críticos de principios de 1915 era Bethlehem Steel. Estaba moralmente seguro de que iba a subir, pero para asegurarme de que ganaría en mi primera jugada, como debía, decidí esperar hasta que superara el par.

Creo que te he dicho que mi experiencia es que siempre una acción supera los 100, 200 o 300 por primera vez, casi siempre sigue subiendo durante 30 o 50 puntos y después de 300 más rápido que después de 100 o 200. Uno de mis primeros grandes golpes fue con Anaconda, que compré cuando superó los 200 y vendí un día después a 260. Mi práctica de comprar una acción justo después de superar el par se remonta a mis primeros días en las casas de apuesta. Es un viejo principio operativo.

Puedes imaginar las ganas que tenía de volver a operar en mi antigua escala. Tenía tantas ganas de empezar que no podía pensar en otra cosa; pero me contuve. Veía que Bethlehem Steel subía, cada día, más y más alto, como estaba seguro de que lo haría y sin embargo, ahí estaba yo controlando mi impulso de correr a la oficina de Williamson & Brown y comprar quinientas acciones. Sabía que tenía que hacer que mi operación inicial fuera lo más fácil posible.

Cada punto que subían las acciones significaba quinientos dólares que yo no había ganado. La primera subida de diez puntos me habría permitido comprar más acciones con las ganancias de las primeras y en lugar de quinientas, tal vez tendría mil acciones que me estarían produciendo mil dólares por cada punto de subida. Pero me mantuve firme y en vez de escuchar mis esperanzas vociferantes o mis creencias clamorosas, solamente hice caso a la voz llana de mi experiencia y al consejo del sentido común. Una vez que reuniera un capital decente, podría permitirme correr riesgos. Pero sin una apuesta, arriesgarse, aunque fuera poco, era un lujo que no estaba a mi alcance. Seis semanas de paciencia pero, al final, ¡una victoria del sentido común sobre la codicia y la esperanza!

Realmente comencé a vacilar y a sudar sangre cuando la acción llegó a 90. Piensa en lo que dejé de ganar por no comprar, cuando era tan alcista. Bueno, cuando llegó a 98 me dije, “¡Bethlehem va a superar los 100 puntos y entonces el techo volará!” La cinta decía lo mismo más que claramente, de hecho, usó un megáfono. Te digo que vi 100 en la cinta cuando el teletipo sólo marcaba 98. Y supe que no era la voz de mi esperanza ni la vista de mi deseo, sino la afirmación de mi instinto de lectura de la cinta. Así que me dije, “no puedo esperar a que supere los 100. Tengo que comprar ahora. Es como si ya hubiera superado el par”.

Me apresuré a ir a la oficina de Williamson & Brown y puse una orden de compra de quinientas acciones de Bethlehem Steel. El mercado estaba entonces a 98. Conseguí quinientas acciones entre 98 y 99. Después de eso la cotización se disparó y aquella noche cerró, creo, a 114 o 115. Compré quinientas acciones más.

Al día siguiente Bethlehem Steel estaba a 145 y yo habría logrado mi capital, pero me lo había ganado. Aquellas seis semanas de esperar el momento adecuado fueron las más agotadoras y donde tuve el mayor desgaste de mí vida, pero valieron la pena porque ahora tenía suficiente capital para operar con carteras de buen tamaño. Con tan solo quinientas acciones de un valor no habría llegado a ningún lado.

Hay mucho que hacer para empezar bien, sea cual sea la empresa y me fue muy bien después de mis operaciones con Bethlehem, tan bien, de hecho, que no se hubiera creído que era el mismo hombre operando. De hecho, no era el mismo hombre, porque donde había estado acosado y equivocado, ahora estaba tranquilo y en lo cierto. No había acreedores que molestaran, ni falta de fondos que interfirieran en mi pensamiento o escuchar la verdadera voz de la experiencia y así iba ganando.

De repente, cuando me dirigía a una fortuna segura, ocurrió la desgracia del Lusitania. De vez en cuando un hombre recibe un golpe como ese en el plexo solar, probablemente para que se le recuerde el triste hecho de que ningún ser humano puede ser tan uniformemente correcto en el mercado como para estar fuera del alcance de los accidentes no rentables. He escuchado decir a las personas que ningún especulador profesional tenía por qué verse muy afectado por la noticia del hundimiento del Lusitania a causa de un torpedo, que ellos sabían mucho antes de que Wall Street se enterara. Yo no tuve la inteligencia de escaparme mediante la posesión de información avanzada y todo lo que puedo decir es que a causa de lo que perdí con el desastre de Lusitania y un par de reveses más que sufrí por no haber sabido preverlos a finales de 1915 tenía un saldo de aproximadamente ciento cuarenta mil dólares en la cuenta de mis agentes. Eso fue todo lo que había ganado realmente, a pesar de haber pronosticado correctamente la posición del mercado a lo largo de la mayor parte de aquel año.

El año siguiente me fue mucho mejor. Tuve mucha suerte. Me encontraba en un mercado alcista desenfrenado. Sin duda, las cosas venían a mi favor, de modo que no había nada que hacer más que ganar dinero. Me hizo recordar un dicho del difunto H. H. Rogers, de la Standard Oil Company, con respecto a que había momentos en los que un hombre no podía evitar ganar dinero como tampoco podía evitar mojarse si salía a la calle bajo la lluvia sin llevar paraguas. Fue el mercado alcista más claramente definido que hemos tenido nunca. Era evidente para todo el mundo que las compras de todo tipo de suministros por parte de los aliados hacían de Estados Unidos la nación más próspera del mundo. Teníamos todas las cosas que nadie más tenía a la venta y nos hacíamos rápidamente con todo el dinero del mundo. Quiero decir que el oro de todo el mundo entraba a chorros en este país. La inflación era inevitable y por supuesto, eso significaba el aumento de los precios de todo.

Todo esto fue tan evidente desde el principio que apenas se necesitó manipulación para la subida. Esa fue la razón por la que el trabajo preliminar fue mucho menor que en otros mercados alcistas. Y no solamente el auge bursátil se desarrolló de forma más natural que todos los demás, sino que resultó ser de una rentabilidad sin precedentes para el público en general. Es decir, las ganancias bursátiles durante el año 1915 tuvieron una distribución más extensa que en cualquier otro auge de la historia de Wall Street. El hecho de que el público no convirtiera todas sus ganancias en papel en buen dinero en efectivo o que no mantuviera durante mucho tiempo las ganancias que realmente se llevó fue simplemente la historia que se repite. En ningún otro lugar la historia se complace en repetirse tan a menudo o tan uniformemente como en Wall Street. Cuando se leen relatos contemporáneos de auges o pánicos, lo que más llama la atención es lo poco que difieren la especulación de la bolsa y los especuladores de hoy de los de ayer. El juego no cambia y la naturaleza humana tampoco.

En el año 1916 seguí apostando por la subida, manteniéndome tan alcista como el que más, pero con los ojos bien abiertos. Sabía, como todo el mundo, que debía haber un final y estaba atento a las señales de alarma. No me interesaba especialmente adivinar de qué lado vendría el dato y por eso no me quedé mirando un solo punto. No estaba y nunca me he sentido indisolublemente ligado a un lado u otro del mercado. Que un mercado alcista haya aumentado mi cuenta bancaria o que un mercado bajista haya sido especialmente generoso, no lo considero razón suficiente para adherirme al lado alcista o al bajista después de recibir la advertencia de salir. Un hombre no jura lealtad eterna ni al lado de los toros ni al lado de los osos. Su preocupación es tener razón.

Y hay otra cosa que hay que recordar y es que un mercado no culmina con un gran resplandor de gloria. Tampoco termina con un repentino cambio de forma. Un mercado puede y suele dejar de ser un mercado alcista mucho antes de que los precios empiecen a bajar. Mi esperada advertencia llegó cuando noté que, uno tras otro, los valores que habían sido los líderes del mercado reaccionaron a varios puntos de la cima y por primera vez en muchos meses no volvieron. Evidentemente, su carrera se había agotado y eso exigía claramente un cambio en mi táctica de negociación.

Era bastante sencillo. En un mercado alcista la tendencia de los precios, por supuesto, es decidida y claramente al alza, por supuesto. Por lo tanto, cada vez que una acción va en contra de la tendencia general, está justificado asumir que hay algo malo con esa acción en particular. Al operador experimentado le basta con percibir que algo va mal. No debe esperar que la cinta se lo dicte. Su trabajo es escuchar para que diga “¡Fuera!” y no esperar a que presente un informe legal para su aprobación.

Como dije antes, noté que las acciones que habían sido las líderes de la gran subida habían dejado de subir. Cayeron seis o siete puntos y se quedaron ahí, pero al mismo tiempo el resto del mercado siguió avanzando bajo nuevos portadores ordinarios. Cuando dejaron de hacerlo, aunque la marea alcista seguía siendo fuerte, significó que para esos valores concretos el mercado alcista había terminado. Para el resto de la lista de valores, la tendencia seguía siendo decididamente alcista.

No había necesidad de perderse en la inactividad, ya que realmente no había corrientes cruzadas. No me volví bajista en el mercado entonces, porque la cinta no me decía que lo hiciera. El final del mercado alcista no había llegado, aunque estaba a poca distancia. En espera de su llegada, todavía había dinero alcista que ganar. Por ese motivo me volví bajista con respecto a los valores que habían dejado de subir y dado que el resto del mercado tenía fuerza ascendente, tanto vendía como compraba.

Vendí los valores que había dejado de subir pero en poca cantidad, una cartera de cinco mil acciones de cada uno; a continuación, tomé posiciones largas en los nuevos valores líderes. Los valores en los que estaba al descubierto no se movieron mucho, pero los que tenía en posición larga siguieron subiendo. Cuando finalmente estos valores dejaron de subir a su vez, los liquidé y adopté una posición al descubierto con cinco mil acciones de cada uno. En ese momento yo era más bajista que alcista, porque obviamente el dinero de verdad ahora vendría de la tendencia descendente. Aunque tenía certeza de que el mercado bajista había comenzado realmente antes de que el mercado alcista hubiera terminado, sabía que aún no era el momento de ser un bajista desenfrenado. No tenía sentido ser más monárquico que el rey; sobre todo, serlo demasiado pronto. La cinta decía simplemente indicaba la presencia de patrullas del ejército bajista, o sea que era el momento de prepararse.

Seguí comprando y vendiendo hasta que, después de un mes operando, obtuve una cartera al descubierto de sesenta mil acciones, cinco mil acciones cada una, en una docena de valores diferentes que anteriormente habían sido los preferidos del público porque habían sido los líderes del gran mercado alcista. Mi cartera no era muy grande, pero no olvidemos que el mercado tampoco era definitivamente bajista.

Entonces, un día todo el mercado se debilitó y los precios de todas las acciones comenzaron a caer. Cuando obtuve una ganancia de al menos cuatro puntos en todos y cada uno de los doce valores en los que estaba al descubierto, supe que tenía razón. La cinta me decía que ahora era seguro ser bajista, así que rápidamente dupliqué la apuesta.

Estaba al descubierto en relación con valores bursátiles que ahora pertenecían a un mercado claramente bajista, así que no tenía necesidad de maniobrar. El mercado estaba destinado a ir en mi dirección y sabiendo eso, podía darme el lujo de esperar. Después de duplicar la apuesta, no volví a operar durante mucho tiempo. Unas siete semanas después de haber vendido toda mi cartera, tuvimos la famosa “filtración” y los valores cayeron estrepitosamente. Se decía que alguien sabía de una fuente fidedigna en Washington de que el Presidente Wilson iba a emitir un mensaje que devolvería la paloma de la paz a Europa a toda prisa. Por supuesto, el auge provocado por la Guerra lo produjo y mantuvo la Guerra Mundial y la paz era un elemento bajista. Cuando se acusó a uno de los operadores más inteligentes del parqué de beneficiarse de la información privilegiada, sencillamente dijo que no había vendido valores siguiendo una determinada noticia, sino porque consideraba que el mercado alcista estaba demasiado maduro. Yo mismo había duplicado mi cartera de valores al descubierto siete semanas antes.

Al conocerse la noticia, el mercado sufrió una fuerte caída y naturalmente, me cubrí. Era la única jugada posible. Cuando ocurre algo con lo que no contabas cuando hiciste tus planes, te corresponde aprovechar la oportunidad que te ofrece el destino. Por un lado, cuando hay una gran caída como aquella, hay un mercado grande en el que nos podemos mover y ese es el momento de convertir las ganancias sobre el papel en dinero verdadero. Incluso en un mercado bajista, un hombre no puede cubrir siempre ciento veinte mil acciones sin subir el precio de las mismas. Tiene que esperar a que el mercado le permita comprar esa cantidad sin perjudicar su ganancia tal y como lo tiene sobre el papel.

Me gustaría señalar que no contaba con esa caída en particular en ese momento y por esa razón en particular. Pero, como ya he dicho antes, mi experiencia de treinta años como operador es que esos accidentes suelen estar en la línea de menor resistencia en la que baso mi posición en el mercado. Otra cosa que hay que tener en cuenta es esto: nunca hay que tratar de vender al nivel más alto del mercado. No es un paso inteligente. Hay que vender después de una reacción si no hay una recuperación del mercado.

En el año 1916 gane unos tres millones de dólares siendo alcista mientras duró el mercado alcista y luego siendo bajista cuando comenzó el mercado bajista. Como dije antes, un hombre no se tiene que casar con un lado del mercado hasta que la muerte los separe.

Ese invierno me fui al sur a Palm Beach, como suelo hacer en vacaciones, porque soy aficionado a la pesca en agua salada.

Estaba al descubierto con valores y trigo, ambas posiciones me producían buenas ganancias. No había nada que me molestara y la pasaba bien. Por supuesto, a menos que vaya a Europa, no puedo estar realmente fuera de contacto con los mercados de acciones o de materias primas. Por ejemplo, en las montañas de Adirondacks, tengo una conexión directa entre la oficina de mi corredor de bolsa y mi casa.

En Palm Beach solía ir regularmente a la sucursal de mi corredor. Me di cuenta de que el algodón, en el que no tenía ningún interés, estaba fuerte y al alza. Por aquí entonces, esto es en 1917 -escuché hablar mucho de los esfuerzos que el Presidente Wilson estaba haciendo para conseguir la paz. Los informes venían de Washington, tanto en forma de despachos de prensa como de consejos privados a los amigos de Palm Beach. Por eso un día tuve la idea de que el curso de los distintos mercados reflejaba la confianza en el éxito del Sr. Wilson. Con la paz supuestamente cerca, las acciones y el trigo deberían bajar y el algodón subir. Yo tenía todo listo en cuanto a las acciones y el trigo, pero hacía tiempo que no había hecho nada de algodón.

A las 2:20 de esa tarde no poseía ni un solo fardo, pero a las 2:25 mi creencia de que la paz era inminente me hizo comprar quince mil fardos para empezar. Me propuse seguir mi antiguo sistema de operar, es decir, comprar la totalidad de mi cartera que ya he descrito antes.

Esa misma tarde, tras el cierre del mercado, se conoció la notificación de la Guerra Submarina sin restricciones. No había nada que hacer, salvo esperar a que el mercado abriera al día siguiente. Recuerdo que esa noche en el restaurante Gridley uno de los mayores capitanes de la industria del país ofrecía vender cualquier cantidad de United States Steel cinco puntos por debajo del precio al que había cerrado esa misma tarde, pero nadie aceptó la oferta. Todos sabían que probablemente iba a haber una tremenda caída a la apertura del mercado.

Tal como se esperaba, a la mañana siguiente, los mercados de valores y de materias primas abrieron alborotados. Algunas acciones abrieron ocho puntos por debajo del cierre de la noche anterior. Para mí, eso significaba una oportunidad inmejorable para cubrir todos mis descubiertos de forma rentable. Como he dicho antes, en un mercado bajista siempre es prudente cubrir si se produce de repente una desmoralización total.

Cuando se opera con una cartera de tamaño considerable, es la única forma de convertir las ganancias sobre el papel en dinero de verdad, de modo rápido y sin reducciones lamentables. Por ejemplo, sólo en relación con United States Steel tenía un descubierto de cincuenta mil acciones, aunque también tenía descubiertos de otros valores y cuando vi que tenía el mercado para cubrirlos, lo aproveché. Mis ganancias ascendieron a cerca de un millón y medio de dólares. No era una oportunidad para desperdiciar.

El algodón, del que tenía quince mil fardos, comprados en la última media hora de negociación de la tarde anterior, abrió con una caída de quinientos puntos. ¡Una caída muy drástica! Significaba una pérdida nocturna de trescientos setenta y cinco mil dólares. Mientras que estaba perfectamente claro que la única jugada inteligente en acciones y trigo era cubrirse en la caída, yo no tenía tan claro lo que debía hacer con el algodón. Había varias cosas que considerar y aunque siempre asumo mis pérdidas en el momento en que me convenzo de que estoy equivocado, no me gustaba asumir esa pérdida esa mañana. Entonces reflexioné que había ido al sur para pasar un buen rato pescando en vez de quedarme inmóvil sobre el curso del mercado del algodón. Además, había obtenido ganancias tan grandes con el trigo y en las acciones que decidí aceptar lo que había perdido con el algodón. Calcularía que mi ganancia había sido algo más de un millón en vez de más de un millón y medio. Todo era cuestión de contabilidad, como los promotores son capaces de decirte cuando haces demasiadas preguntas.

Si no hubiera comprado esos fardos de algodón justo antes de que cerrar el mercado el día anterior me habría ahorrado esos cuatrocientos mil dólares. Esto demuestra lo rápido que un hombre puede perder grandes sumas de dinero con una cartera moderada. Mi posición principal era absolutamente correcta y me beneficié por un accidente de naturaleza diametralmente opuesta a las consideraciones que me llevaron a tomar la posición que tomé en acciones y trigo. Una vez más cabe observar que la línea especulativa de menor resistencia volvía a demostrar el valor que tiene para un operador. Los precios se comportaron como yo esperaba, a pesar del inesperado factor de mercado introducido por la notificación alemana. Si las cosas hubieran resultado como yo había imaginado, habría acertado al cien por ciento en mis tres líneas de actuación, porque con la paz, los valores y el trigo habrían bajado y el algodón habría subido hasta el cielo. Habría salido ganando en las tres. Independientemente de la paz o la guerra, tenía razón en mi posición en la bolsa y el trigo y por eso el acontecimiento inesperado me ayudó. En relación con el algodón me basé en algo que podía ocurrir fuera del mercado, es decir, aposté por el éxito del Sr. Wilson en sus negociaciones de paz. Fueron los líderes militares alemanes los que me hicieron perder la apuesta del algodón.

Cuando regresé a Nueva York a principios de 1917 devolví todo el dinero que debía, que era más de un millón de dólares. Para mí fue una gran satisfacción pagar mis deudas. Podría haberlas pagado unos meses antes, pero no lo hice por una razón muy sencilla. Estaba operando activamente y con éxito y necesitaba todo el capital que tenía. Me debía a mí mismo, así como a los hombres que consideraban mis acreedores, aprovechar al máximo los maravillosos mercados que tuvimos en 1915 y 1916. Sabía que iba a ganar mucho dinero y no me preocupaba porque les dejaba esperar unos meses más por un dinero que muchos de ellos no esperaban recuperar. No quería pagar mis obligaciones a un solo hombre a la vez, sino en su totalidad a todos a la vez. Así que, mientras el mercado hacía todo lo posible por mí, seguí operando a una escala tan grande cómo mis recursos me lo permitían.

Quise pagar intereses, pero todos los acreedores que habían firmado la liberación de la deuda se negaron a aceptarlos. El hombre al que pagué el último de todos fue el tipo al que debía los ochocientos dólares, que había hecho de mi vida una carga y me había molestado hasta que no pude operar. Le dejé esperar hasta que se enteró de que había pagado a todos los demás. Entonces recibió su dinero. Quería enseñarle a ser considerado la próxima vez que alguien le debiera unos cientos.

Y así fue como volví.

Después de pagar todas mis deudas, coloqué una cantidad bastante grande en anualidades. Me hice la idea de que no iba a estar nunca más atado e incómodo ni me quedaría sin capital. Por supuesto, después de casarme coloqué dinero en un fideicomiso a nombre de mi esposa y luego, cuando nació nuestro hijo, puse dinero en otro fideicomiso a su nombre.

La razón por la que lo hice no fue sólo el miedo a que la bolsa me lo arrebatara, sino porque sabía que un hombre se gasta todo lo que tiene a su alcance. Al hacer lo que hice, mi esposa y mi hijo están a salvo de mí.

Más de un hombre que conozco ha hecho lo mismo, pero ha engatusado a su esposa para que firmara cuando necesitaba el dinero y lo ha perdido. Pero lo he arreglado para que, independientemente de lo que yo quiera o de lo que quiera mi esposa, esa confianza se mantenga. Está absolutamente a salvo de todos los ataques de cualquiera de nosotros; a salvo de mis necesidades de mercado; a salvo incluso del amor de una esposa abnegada. ¡No voy a correr ningún riesgo!

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