Memorias de un operador de Bolsa

Capítulo XV

Entre los riesgos de la especulación, la ocurrencia de lo inesperado, incluso podría decir de lo imprevisible, ocupa un lugar destacado. Hay ciertos riesgos que el hombre más prudente está justificado que corra si quiere ser algo más que un molusco mercantil. Los riesgos normales de los negocios no son peores que los que corre un hombre cuando sale de su casa a la calle o cuando emprende un viaje en tren. Cuando pierdo dinero a causa de un acontecimiento que nadie podía prever, no pienso más en ello que en una tormenta inoportuna. La vida misma, desde la cuna hasta la tumba, es una apuesta y lo que me sucede por no poseer el don de la segunda vista lo soporto sin problemas. Pero ha habido veces en mi carrera como especulador en las que he tenido razón y he jugado limpio y sin embargo, he sido estafado en mis ganancias por la sórdida injusticia de oponentes antideportivos.

Contra las fechorías de los ladrones, los cobardes y las multitudes, un hombre de negocios rápido y previsor puede protegerse. Nunca me he enfrentado a la falta de honradez, excepto en una o dos casas de apuestas, porque incluso allí la honradez era la mejor política; el gran dinero estaba en ser justo, no en estafar. Nunca me ha gustado ningún juego en el que fuera necesario vigilar al que lo reparte porque en caso contrario, lo más probable es que haga trampas y nos estafe. Pero una persona decente se encuentra impotente ante un estafador plañidero. El juego limpio es el juego limpio. Podría contarte una docena de casos en los que he sido víctima de mi propia creencia en el carácter sagrado de la palabra dada o en la inviolabilidad de un acuerdo entre caballeros, pero no lo haré porque no serviría a ningún propósito útil.

Los escritores de ficción, los clérigos y las mujeres son aficionados a aludir al parqué de la Bolsa como un campo de batalla entre bribones y a la actividad diaria de Wall Street como una lucha. Es bastante dramático, pero totalmente engañoso. No creo que mi negocio sea una lucha o una contienda. Nunca peleo ni con nadie ni con grupos especulativos. Simplemente difiero en la opinión, es decir, en mi lectura de las condiciones básicas. Lo que los dramaturgos llaman batallas de negocios no son peleas entre seres humanos. Son simplemente pruebas de la visión de los negocios. Intento guiarme solamente por hechos y regir mis acciones de forma acorde. Así es la receta de Bernard M. Baruch para tener éxito en la ganancia de riqueza. A veces no veo los hechos con suficiente claridad o con suficiente antelación; o bien no razono con lógica. Cuando ocurre cualquiera de estas cosas, pierdo. Me equivoco. Y siempre me cuesta dinero equivocarme.

Ningún hombre razonable se opone a pagar por sus errores. No hay acreedores preferentes en los errores y no hay excepciones ni exenciones. Pero yo no me opongo a perder dinero cuando tengo razón. Tampoco me refiero a las operaciones que me han costado dinero debido a cambios repentinos en las reglas de alguna bolsa en particular. Tengo en mente ciertos peligros de la especulación, que de vez en cuando le recuerdan a un hombre que ninguna ganancia debe contarse como segura hasta que esté depositada en tu banco a tu nombre.

Después del estallido de la Guerra en Europa comenzó la subida de los precios de las materias primas que era de esperar. Era tan fácil preverlo así como prever la inflación de la guerra. Por supuesto, que las cotizaciones siguieron aumentando a medida que la guerra se prolongaba. Como recordarás en 1915 estaba ocupado “volviendo”. El auge de las acciones estaba ahí y era mi deber aprovecharlo. Mi jugada más segura, fácil y rápida fue en el mercado de valores y tuve suerte como ya sabes.

Para julio de 1917, no sólo había podido pagar todas mis deudas, sino que, además, estaba bastante bien. Esto significaba que ahora tenía el tiempo, el dinero y las ganas de plantearme operaciones con materias primas y acciones. Durante muchos años me he dedicado a estudiar todos los mercados. La subida de los precios de las materias primas con respecto al nivel de antes de la guerra oscilaba entre 100 y 400 por ciento. Sólo hubo una excepción, y fue el café. Por supuesto, había una razón para ello. El estallido de la Guerra significó el cierre de los mercados europeos y se enviaron enormes cargamentos a este país, que era el único gran mercado. Con el tiempo, esto condujo a un enorme excedente de café crudo aquí y eso, a su vez, mantuvo el precio bajo. Cuando comencé a considerar sus posibilidades especulativas, el café se vendía por debajo de los precios de antes de la guerra. Si las razones de esta anomalía eran claras, no lo era menos que la activa y cada vez más eficiente operación de los submarinos Alemanes y Austriacos que debía significar una espantosa reducción del número de barcos disponibles para fines comerciales. Esto, a su vez, debía conducir a la disminución de las importaciones de café. Con unos ingresos reducidos y un consumo sin cambios, los excedentes debían ser absorbidos y cuando eso ocurriera, el precio del café debía hacer lo mismo que los precios de las demás materias primas, que era subir.

No hacía falta ser Sherlock Holmes para evaluar la situación. No puedo decir por qué todo el mundo no compró café. Cuando decidí comprarlo no lo consideré una especulación. Era mucho más que una inversión. Sabía que tardaría en cobrarse, pero también sabía que iba a dar una buena ganancia. Eso lo convertía en una operación de inversión conservadora, en un acto de banquero más que la acción de un jugador.

Comencé mis operaciones de compra en el invierno de 1917. Tomé una gran cantidad de café. El mercado, sin embargo, no hizo nada del otro mundo. Continuó inactivo y en cuanto al precio, no subió como yo esperaba. El resultado de todo esto fue que mantuve mi cartera sin un propósito definido durante nueve largos meses. Mis contratos expiraron entonces y vendí todas mis opciones. Tuve una gran pérdida en esa operación y sin embargo, estaba seguro de que mis opiniones eran acertadas. Me había equivocado claramente en la cuestión del tiempo, pero confiaba en que el café subiría como había subido las demás materias primas, así que ni bien acabé de vender mi cartera, comencé a comprar café otra vez. Compré tres veces más café de lo que había tenido durante aquellos decepcionantes nueve meses. Por supuesto que compré opciones diferidas, con el aplazamiento más largo que pude conseguir.

Ahora no estaba tan equivocado. En cuanto compre mi cartera triplicada, el mercado comenzó a subir. Por todos lados aparecieron personas que parecían darse cuenta de pronto de lo que probablemente iba a pasar en el mercado del café-daba la impresión de que mi inversión acabaría consiguiendo un buen tipo de interés.

Los vendedores de los contratos que tenía eran tostadores, la mayoría de ascendencia y afiliación Alemana, que habían comprado el café en Brasil confiados en poder traerlo a este país. Pero no había barcos para traerlo y poco después se encontraron en la incómoda posición de tener montones de café allí y ni un grano para entregarme a mí aquí. Por favor, ten en cuenta que adopté una posición alcista en relación con el café cuando el precio estaba prácticamente al nivel que tenía antes de la guerra y que después de comprarlo, lo mantuve la mayor parte de todo un año y luego sufrí una gran pérdida. El castigo por estar equivocado es perder dinero. La recompensa por tener razón es ganar dinero. Al estar claramente en lo cierto y llevar una gran cartera, estaba justificado que esperara ganar dinero. No hacía falta un gran avance para que mis ganancias fueran satisfactorias, ya que llevaba varios cientos de miles de sacos de café. No me gusta hablar de mis operaciones en cifras porque a veces suenan bastante formidables y la gente podría pensar que estoy presumiendo. En realidad, opero de acuerdo a mis posibilidades y siempre me dejo un amplio margen de seguridad. En este caso he sido lo suficientemente conservador. La razón por la que compré opciones tan libremente fue porque no veía cómo podía perder. Las condiciones estaban a mi favor. Me habían hecho esperar un año, pero ahora me iban a pagar tanto por mi espera como por haber acertado. Podía ver que las ganancias llegarían rápidamente. No había ninguna habilidad en ello. Era simplemente que no estaba ciego.

¡Pensaba que las ganancias de millones venían de forma segura y rápida! Pero nunca me llegaron. No; no fueron desviadas por un cambio repentino de las condiciones. El mercado no experimentó un cambio abrupto de forma. El café no entró a mares en el país. ¿Qué ocurrió? Lo imprevisible. Lo que nunca había sucedido en la experiencia de nadie; lo que, por lo tanto, no tenía motivos para prevenir. Agregué uno nuevo a la larga lista de peligros de la especulación que debía tener siempre ante mí. Se trataba simplemente de los tipos que me habían vendido el café y estaban al descubierto sabían lo que les esperaba y en sus esfuerzos por evitar la posición en la que habían quedado con sus ventas, buscaron una nueva forma de estafa. Fueron corriendo a Washington a pedir ayuda y la obtuvieron.

Tal vez recuerdas que el Gobierno ha desarrollado varios planes para evitar más especulaciones con los artículos de primera necesidad y seguramente sabes cómo funcionaban. Bueno, los filántropos del café se presentaron ante el Comité de Fijación de Precios de la Junta de Industrias de Guerra, creo que ésa era la designación oficial e hicieron una patriótica apelación a aquel órgano para que protegiera a los estadounidenses que desayunaban. Aseguraron que un especulador profesional, un tal Lawrence Livingston, había acaparado o estaba a punto de acaparar café. Si sus planes no se impedían, se aprovecharía de las condiciones creadas por la guerra y el pueblo norteamericano se vería obligado a pagar precios exorbitantes por su café diario. Era impensable para los patriotas que me habían vendido cargamentos de café para los que no podían encontrar barcos, que cien millones de americanos, más o menos, pagaran un tributo a especuladores sin conciencia. Ellos representaban al comercio del café, no a los especuladores del café y estaban dispuestos a ayudar al Gobierno a frenar la especulación real o futura.

Ahora bien, me horrorizan los llorones y no pretendo dar a entender que el Comité de Fijación de Precios no haya hecho todo lo posible para frenar la especulación y el despilfarro. Pero eso no tiene por qué impedirme expresar la opinión de que el comité podía haber profundizado mucho en el problema particular del mercado del café. Fijaron un precio máximo para el café en bruto y también fijaron un plazo para cerrar todos los contratos existentes. Esta decisión significaba, por supuesto, que el mercado del café dejaría de existir. Solamente me quedaba una cosa por hacer y la hice; y fue vender todos mis contratos. Aquellas ganancias millonarias que consideraba tan seguras como las que jamás había obtenido no se materializaron en absoluto. Yo estaba y aún estoy tan en contra de los especuladores en las necesidades de vida, pero en el momento en que el Comité de Fijación de Precios tomó su decisión sobre el café, todos los demás productos se vendían entre 250 y 400 por ciento por encima de los precios de antes de la guerra, mientras que el café crudo estaba realmente por debajo del promedio vigente durante algunos años antes de la guerra. No veo que haya ninguna diferencia real en quién tenga el café. El precio estaba obligado a subir; y la razón de ello no eran las operaciones de especuladores sin conciencia, sino la reducción de excedentes de la que era responsable la disminución de importaciones, a su vez afectadas exclusivamente por la atroz destrucción de barcos mercantes a cargo de los submarinos Alemanes. El comité no esperó a que empezara el café, sino que pisó el freno.

Por una cuestión de política y de conveniencia, fue un error obligar al mercado del café a cerrar justo en ese momento. Si el comité hubiera dejado el café en paz, el precio habría subido indudablemente por las razones que ya he expuesto, que no tenían nada que ver con ningún supuesto acaparamiento. Pero el alto precio, que no tenía por qué ser exorbitante, habría sido un incentivo para atraer suministros a este mercado. He escuchado decir al Sr. Bernard M. Baruch que la Junta de Industrias de Guerra tuvo en cuenta este factor, el de asegurar un suministro, a la hora de fijar los precios y por esa razón algunas de las quejas sobre el alto límite de ciertos productos básicos eran injustas. Cuando el mercado del café reanudó su actividad, más tarde, el café se vendía a veintitrés centavos. El pueblo estadounidense pagó ese precio debido a la escasa oferta y la oferta era escasa porque el precio se había fijado demasiado bajo, por sugerencia de los filántropos, para hacer posible el pago de los elevados fletes marítimos y asegurar así la continuación de las importaciones.

Siempre he pensado que mi operación con el café fue la más legítima de todas mis operaciones con materias primas. Para mí era más una inversión que una especulación y estuve implicado en ella más de un año. Si hubo alguna apuesta fue la de los tostadores patrióticos con nombres de ascendencia alemana. Tenían café de Brasil y me lo vendían en Nueva York. El Comité de Fijación de Precios estableció el precio de la única mercancía que no había subido. Protegieron al público contra la especulación antes de que ésta comenzara, pero no contra los inevitables precios más altos que siguieron. No sólo eso, sino que incluso cuando el café verde rondaba los nueve centavos la libra, el café tostado subió junto con todos los demás productos. Sólo los tostadores se beneficiaron. Si el precio del café verde hubiera subido dos o tres centavos por libra, habría supuesto varios millones para mí. Y el público no habría tenido que pagarlo tan caro como sucedió después.

En la especulación, analizar o examinar los hechos después de ocurridos es una pérdida de tiempo porque no te lleva a ninguna parte, pero este caso concreto tiene un cierto valor educativo. Fue tan bonito como cualquiera en el que haya entrado. La subida era tan segura, tan lógica que supuse que simplemente no podía evitar ganar varios millones de dólares. Pero no lo hice.

En otras dos ocasiones he sufrido la acción de los comités de bolsa que tomaron decisiones que cambiaron las reglas de operación sin previo aviso. Pero en esos casos mi posición, aunque era técnicamente correcta, no era tan sólida desde el punto de vista comercial como en mi negocio del café. No se puede estar completamente seguro de nada en una operación especulativa. Fue la experiencia que acabo de relatar la que me hizo agregar lo imprevisible a lo inesperado en mi lista de peligros.

Después del episodio del café tuve tanto éxito en otras materias primas y con posiciones al descubierto en el mercado de valores que comencé a sufrir los efectos de rumores sin fundamento. Los profesionales de Wall Street y los escritores de periódicos adquirieron la costumbre de culparme a mí y a mis supuestas maniobras de las inevitables bajadas de precios. En ocasiones mis ventas fueron tildadas de antipatrióticas, independientemente de que realmente estuviera vendiendo o no. La razón para exagerar la magnitud y el efecto de mis operaciones, supongo, era la necesidad de satisfacer la insaciable demanda del público de razones para todos y cada uno de los movimientos de precios.

Como he dicho mil veces, ninguna manipulación puede hacer bajar las acciones y mantenerlas. No hay nada misterioso en esto. La razón es evidente para todo aquel que se tome la molestia de pensar en ello medio minuto. Supongamos que un operador maniobrara para hacer bajar la cotización de un valor por debajo de su valor real, ¿qué sucedería inevitablemente? Pues que el operador se enfrentaría inmediatamente a la mejor clase de compras basadas en información privilegiada. Las personas que conocen cuál es el precio de un valor siempre la comprarán cuando se esté vendiendo a precio de ganga. Si los que tienen información privilegiada no pueden comprar, será porque las condiciones generales se oponen al uso libre de sus propios recursos y tales condiciones no son alcistas. Cuando se habla de maniobras para bajar el precio de un valor, lo que se deduce es que esas maniobras son injustificadas, casi delictivas, pero vender un valor a un precio mucho menos de su cotización es un negocio muy peligroso. Hay que tener en cuenta que un valor objeto de una maniobra bajista que no logra recuperarse no es un valor que estén comprando quienes poseen información privilegiada y cuando hay una venta al descubierto no justificada, generalmente esas personas compran. Cuando esto pasa, el precio no se mantiene bajo. Yo diría que en el noventa y nueve por ciento de los casos, las llamadas maniobras para hacer bajar los precios son descensos realmente legítimos, acelerados a veces, pero no causado por las operaciones de un operador profesional, por más grande que sea su cartera de valores.

La teoría que la mayoría de las caídas repentinas o bruscas particulares son el resultado de las operaciones de algún desatascador probablemente se inventó como una forma fácil de dar razones a aquellos especuladores que, siendo nada más que jugadores ciegos, creerán cualquier cosa que se les diga en vez de pensar un poco. La excusa de las maniobras bajistas para justificar las pérdidas que los agentes bursátiles y chismosos financieros usan ante desafortunados especuladores no es otra cosa que un dato invertido. La diferencia radica en esto: un dato bajista es un consejo claro y positivo para vender al descubierto. Pero el dato invertido, es decir, la explicación que no explica nada, sirve simplemente para evitar que se venda al descubierto de forma inteligente. La tendencia natural cuando una acción baja mucho es venderla. Hay una razón, una razón desconocida, pero una buena razón; por lo tanto, es mejor salir del mercado. Pero no es bueno salir del mercado cuando la bajada es el resultado de una maniobra bajista realizada por un operador, porque en cuanto detenga la maniobra, el precio rebotará y volverá a subir. ¡Datos invertidos!

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