Memorias de un operador de Bolsa

Capítulo XIX

No sé cuándo ni quién usó por primera vez la palabra “manipulación” en relación con lo que en realidad no son más que procesos comunes de comercialización aplicados a la venta en grandes cantidades de valores en la Bolsa. Manipular el mercado para facilitar la compra económica de una acción que se desea acumular también es manipulación. Pero es diferente. Puede que no sea necesario rebajarse a prácticas ilegales, pero sería difícil evitar hacer lo que algunos considerarían ilegítimo. ¿Cómo se va a comprar un gran paquete de acciones de un valor en un mercado alcista sin hacer subir el precio para uno mismo? Ese sería el problema. ¿Cómo se puede solucionar? Depende de tantas cosas que no se puede dar una solución general, excepto diciendo que la solución más probable es con una manipulación muy hábil. ¿Por ejemplo? Bueno, dependería de las condiciones. No se puede dar una respuesta más cercana que esa.

Estoy profundamente interesado en todas las fases de mi negocio y por supuesto, aprendo de la experiencia de otros, así como de la mía propia. Pero es muy difícil aprender cómo manipular las acciones hoy en día a partir de las historias que se cuentan en una tarde en las oficinas de los corredores después del cierre. La mayoría de los trucos, mecanismos y expedientes de los días pasados son obsoletos e inútiles; o ilegales e impracticables. Las reglas y las condiciones de la Bolsa han cambiado y apenas vale la pena escuchar la historia, incluso la más detallada, de lo que Daniel Drew, Jacob Little o Jay Gould podían hacer hace cincuenta o setenta y cinco años. El manipulador de hoy en día, no tiene más necesidad de considerar lo que hicieron y cómo lo hicieron, que un cadete de West Point no necesita aprender a tirar con arco según lo practicaban los antiguos para aumentar su conocimiento práctico de balística.

Por otra parte, es provechoso estudiar los factores humanos, la facilidad con la que los seres humanos creen lo que les agrada creer; y cómo se dejan influir por la avaricia o por el costo de la negligencia del hombre promedio. El miedo y la esperanza siguen siendo los mismos, por lo que el estudio de la psicología de los especuladores es tan valioso como siempre. Las armas cambian, pero la estrategia sigue siendo la misma, tanto en la Bolsa de Nueva York como en el campo de batalla. Creo que el resumen más claro de todo el asunto lo expresó Thomas F. Woodlock cuando declaró “Los principios de la especulación de la bolsa de éxito se basan en el supuesto de que las personas continuarán cometiendo en el futuro los mismos errores que han cometido en el pasado”.

En los momentos de auge, que es cuando el público está en el mercado en mayor número, nunca hay necesidad de sutilezas, por lo que no tiene sentido perder el tiempo discutiendo ni la manipulación ni la especulación en esos momentos; sería como tratar de encontrar la diferencia en las gotas de lluvia que caen sincrónicamente en el mismo techo al otro lado de la calle. El ingenuo siempre ha tratado de conseguir algo a cambio de nada y el atractivo en todos los auges es siempre francamente el instinto de juego despertado por la codicia y estimulado por una prosperidad que lo cubre todo. La gente que busca dinero fácil paga invariablemente por el privilegio de demostrar de forma concluyente que no se puede encontrar en esta sórdida tierra. Al principio, cuando escuchaba las historias sobre operaciones y mecanismos antiguos, solía pensar que la gente era más crédula en las décadas de l860 y 1870 que en la de 1900. Pero estaba seguro de leer en los periódicos ese mismo día o al siguiente algo sobre la estafa de Ponzi o la quiebra de algún agente fraudulento y sobre los millones de dólares salidos de las manos de infelices para pasar a engrosar la mayoría silenciosa de los ahorros desaparecidos.

Cuando llegué por primera vez a Nueva York, había un gran revuelo sobre las ventas ficticias y las órdenes de compra y venta de la misma acción, dado que ambas prácticas estaban prohibidas por la Bolsa de Valores. A veces la venta ficticia era demasiado burda para engañar a nadie. Los agentes no dudaban en decir que el “lavado estaba activo” cada vez que alguien trataba de deshacerse de un valor u otro y como he dicho antes, más de una vez tenían lo que llamaban abiertamente “impulsos fraudulentos”, cuando un valor se ofrecía dos o tres puntos más económicos en un abrir y cerrar de ojos simplemente para establecer la bajada en la cinta y borrar a los muchos operadores con escaso capital que tenían posiciones largas de ese valor en las casas de apuestas. En cuanto a las órdenes de compra y venta de la misma acción, siempre se usaban con cierto recelo a causa de la dificultad de coordinar y sincronizar las operaciones que tenían los agentes, ya que esos negocios iban contra las reglas de la bolsa. Hace unos años, un famoso operador canceló la parte de la venta, pero no la de compra y el resultado fue que un agente inocente hizo subir la cotización veinticinco puntos en pocos minutos y a continuación vio que el valor caía con igual celeridad en cuanto dejó de comprar. La intención original era crear la apariencia de actividad, pero jugar con unas armas tan poco fiables es mal negocio. No se puede establecer una relación de confianza íntima con los mejores agentes bursátiles, al menos no si uno quiere que sigan siendo miembros de la Bolsa de Nueva York. Además, los impuestos han convertido a todas las prácticas que implican transacciones ficticias mucho más caras de lo que eran antes.

La definición del diccionario de manipulación incluye el acaparamiento. Un acaparamiento puede ser el resultado de una manipulación o puede ser el resultado de una compra competitiva, como, por ejemplo, el de Northern Pacific del 9 de mayo de 1901, que ciertamente no fue una manipulación. El acaparamiento de Stutz resultó caro para todos los implicados, tanto en dinero como en prestigio y tampoco fue un acaparamiento deliberadamente diseñado.

De hecho, muy pocas de las grandes operaciones de acaparamiento terminaron siendo rentables para sus organizadores. Los dos acaparamientos de Harlem que hizo el Comodoro Vanderbilt salieron bien, pero el viejo se merecía los millones que ganó gracias a un montón de operadores al descubierto, legisladores corruptos y concejales que intentaban traicionarlo. Por otro lado, Jay Gould perdió cuando acaparó acciones de Northwestern. El Diácono S. V. White obtuvo un millón acaparando acciones de Lackawanna, pero Jim Keene perdió un millón en la operación con Hannibal & St. Joe. El éxito financiero de un acaparamiento depende por supuesto de la comercialización de lo que se ha acumulado por encima del costo y el interés a corto plazo tiene que ser de una cierta magnitud para que eso suceda con facilidad.

Solía preguntarme por qué los acaparamientos eran tan queridos entre los grandes operadores de hace medio siglo. Eran hombres expertos y capaces, muy despiertos y nada propensos a confiar como los niños en la filantropía de sus compañeros. Sin embargo, salían perjudicados con sorprendente frecuencia. Un viejo y sabio corredor de bolsa me dijo que todos los grandes operadores de los años 1860 y 1870 tenían una ambición, que era lograr una buena operación de acaparamiento. En muchos casos esto era fruto de la vanidad; en otros, del deseo de venganza. En cualquier caso, ser señalado como el hombre que había acaparado con éxito este o aquel valor era en realidad el reconocimiento de inteligencia, atrevimiento y ganancias ilegales. Al acaparador se le daba el derecho de sentirse orgulloso. Aceptaba el aplauso de sus compañeros como totalmente merecidos. Lo que alentaba a los que tramaban acaparamientos a esforzarse al máximo, era algo más que la perspectiva de ganar dinero, era el complejo de vanidad haciéndose valer entre operadores despiadados.

Sin duda, la competencia era despiadada en aquella época. Creo que ya te he dicho que he logrado escapar de que me aplastaran, pero no por poseer un misterioso sentido del teletipo sino porque generalmente puedo determinar el momento en el que me resulta imprudente estar al descubierto de un valor determinado. Esto lo hago por medio de pruebas de sentido común que deben haber sido probadas en los viejos tiempos también. El viejo Daniel Drew solía poner en aprietos a los operadores con una cierta frecuencia y les hacía pagar caras las acciones de Erie que le habían vendido al descubierto. Él mismo se vio apretado por el Comodoro Vanderbilt con las acciones de Erie y cuando le pidió clemencia, el Comodoro se limitó a citarle con gesto adusto el inmortal dístico del Gran Bajista:

El que vende lo que no es suyo debe comprarlo nuevamente o ir a la cárcel.

Wall Street recuerda muy poco a un operador que durante más de una generación fue uno de sus Titanes. Su principal aportación a la inmortalidad parece ser la expresión “watering stock o en español acción remojada”.

Addison G. Jerome era el rey reconocido de la bolsa en la primavera de 1863. Sus datos sobre el mercado, según me dicen, se consideraban igual de buenos que tener dinero en efectivo en el banco. Desde cualquier punto de vista fue un gran operador que ganó millones. Era liberal hasta la extravagancia y tenía muchos seguidores en Wall Street hasta que Henry Keep, conocido como William el Silencioso, le hizo perder todos sus millones en la operación de acaparar acciones de Old Southern. Por cierto, Keep era el cuñado del gobernador Roswell P. Flower.

En casi todos los viejos acaparamientos, la manipulación consistía principalmente en no dejar que la otra parte supiera que el otro estaba acaparando acciones del valor que invariablemente era invitado a vender al descubierto. Por lo tanto, iban dirigidos sobre todo a colegas profesionales, dado que el público en general no se toma a bien el aspecto descubierto de la cuenta. Las razones que llevaban a estos inteligentes profesionales a liquidar carteras al descubierto de tales valores eran muy parecidas a las que en la actualidad los llevan a hacer lo mismo. Además de las ventas hechas por políticos corruptos en el acaparamiento de acciones de Harlem a cargo del Comodoro, entiendo por las historias que he leído que los operadores profesionales, vendían el valor porque era demasiado alto. Y la razón por la que creían que la cotización era demasiado alta era que nunca antes se había vendido tan alto. Eso las hacía demasiado costosas para comprar y si eran demasiado costosas para comprar, lo más adecuado era venderlas. Parece muy moderno, ¿no? Pero es que pensaban en la cotización y el Comodoro pensaba en el valor. Según me dicen personas de aquella época. Durante años se decía que alguien “¡estaba al descubierto de Harlem!” para indicar la mayor pobreza.

Hace muchos años tuve la oportunidad de hablar con uno de los viejos agentes de Jay Gould. Me aseguró que el Sr. Gould no solo era un hombre de lo más inusual, era de él que el viejo Daniel Drew decía temblando, “¡su toque es la muerte!” sino que superaba en mucho a todos los demás manipuladores pasados y presentes. Tiene que haber sido un mago de las finanzas para hacer lo que hizo, sin duda alguna. Incluso desde esta distancia puedo ver que tenían una sorprendente habilidad para adaptarse a nuevas condiciones y esa es una característica valiosa en un operador. Variaba sus métodos de ataque y defensa sin remordimientos porque le preocupaba más la manipulación de propiedades que la especulación de la bolsa. Manipulaba buscando una inversión más que un cambio en el mercado. Desde temprano vio que el dinero de verdad estaba en tener la propiedad de los ferrocarriles en vez de operar con sus acciones en el parqué de la Bolsa de Valores.

Usaba la bolsa, por supuesto, pero sospecho que era porque era la forma más fácil y rápida de conseguir dinero fácil enseguida y él necesitaba muchos millones, igual que el viejo Collis P. Huntington, que siempre necesitaba veinte o treinta millones más de los que los banqueros estaban dispuestos a prestarle. Tener visión sin tener dinero es una pena; con dinero, significa logros, lo que quiere decir poder, lo que quiere decir dinero y eso significa logros y así sucesivamente.

Por supuesto, la manipulación no se limitaba a las grandes figuras de aquellos tiempos. Había montones de manipuladores menores. Recuerdo una historia que me contó un viejo agente bursátil sobre las costumbres y los principios de los primeros años de la década de 1860. Me dijo:

“El primer recuerdo que tengo de Wall Street es el de mi primera visita al distrito financiero. Mi padre tenía que atender algunos negocios y por el motivo que fuera, me llevó con él. Fuimos caminando por Broadway y recuerdo doblar al llegar a Wall Street. Caminamos por Wall Street y cuando llegamos a la esquina con Broad o mejor dicho Nassau Street, donde actualmente está el edificio de la Bankers' Trust Company, vi a un grupo de personas siguiendo a dos hombres. El primero caminaba en dirección al este, tratando de poner cara de despreocupación. El que seguía era un hombre de cara colorada que agitaba el sombrero con una mano y con el puño de la otra pegaba puñetazos en el aire. Iba gritando: ‘¡Shylock! ¡Shylock! ¿Cuál es el precio del dinero? ¡Shylock! ¡Shylock!’ Se veían cabezas asomadas a las ventanas. En aquellos tiempos no había rascacielos, pero yo estaba seguro que esas personas se iban a caer a la calle. Mi padre preguntó qué pasaba y alguien le respondió algo que no escuché. Bastante trabajo tenía con agarrarme a la mano de mi padre para que la multitud no nos separase. Cada vez había más gente y yo me sentía más incómodo. Hombres con ojos desorbitados llegaban corriendo desde Nassau Street o desde Broad o desde el este u oeste de Wall Street. Cuando logramos salir de la aglomeración, mi padre me explicó que el hombre que iba gritando ‘¡Shylock!’ era fulano de tal. No me acuerdo el nombre, pero era el operador más grande de valores agrupados de la ciudad y se decía que había ganado y perdido más dinero que cualquier otra persona en Wall Street, con la excepción de Jacob Little. Lo recuerdo porque me pareció gracioso que un hombre se llamara así. El otro hombre, el tal Shylock, se dedicaba a inmovilizar capitales y era muy conocido en su actividad. No recuerdo el nombre completo, pero sí que era alto, delgado y pálido. En aquellos tiempos, las camarillas inmovilizaban dinero pidiéndolo prestado, o sea, reduciendo la cantidad disponible para los prestatarios de la bolsa. Pedían el dinero prestado y recibían un cheque certificado. En realidad no sacaban el dinero del banco y lo usaban. Está claro que eso era una forma de manipulación, me parece a mí”.

Estoy de acuerdo con el viejo agente bursátil. Era una fase de manipulación que actualmente no tenemos.

Yo personalmente nunca hablé con ninguno de los grandes manipuladores de valores de los que en Wall Street aún se cuentan historias. No me refiero a líderes, sino a manipuladores. Todos existieron antes de mí época, aunque cuando llegué a Nueva York por primera vez, James R. Keene, que fue el más grande de todos ellos, estaba en su apogeo. Pero yo era apenas un joven, preocupado por reproducir en una correduría de bolsa respetable el éxito que había tenido en las casas de apuestas de mi ciudad natal. Y además, cuando Keene estaba ocupado con las acciones de U. S. Steel, su obra de arte de manipulación, yo no tenía experiencia en esa actividad, ni verdadero conocimiento de lo que era o el valor y el significado que tenía y por ese motivo, tampoco tenía una gran necesidad de poseer ese conocimiento. Si es que alguna vez pensaba en la cuestión, supongo que consideraba la manipulación como una forma refinada de estafa, cuya versión basta eran los trucos usados contra mí en las casas de apuestas. Todo lo que he escuchado sobre el tema desde entonces han sido en gran parte conjeturas y sospechas más que análisis inteligentes.

Más de uno que lo conoció bien me dijo que Keene fue el operador más brillante y atrevido de Wall Street y eso es decir mucho, porque ha habido algunos grandes operadores. Sus nombres han quedado casi en el olvido, ¡pero de todos modos fueron reyes en su momento, al menos por un día! Salieron del oscuro anonimato y entraron en la luminosa fama financiera gracias al teletipo, pero esa pequeña tira de papel no tuvo la fuerza suficiente para retenerlos el tiempo necesario para que se volvieran figuras históricas. En todo caso, Keene fue con toda probabilidad el mejor manipulador de su época, que fue larga y emocionante.

Capitalizó su conocimiento del juego, su experiencia de operador y su talento cuando vendió sus servicios a los hermanos Havemeyer, que querían que les desarrollara un mercado para las acciones de Sugar. En aquel momento estaba arruinado, porque de otro modo habría seguido operando por su cuenta, ¡y vaya operaciones que hacía! Tuvo éxito con las acciones de Sugar; las convirtió en preferidas del mercado y eso las hacía fácilmente vendibles. Después de eso, le pidieron una y otra vez que se ocupara de grupos. Según me cuentan, en estas operaciones en nombre de un grupo nunca pidió ni aceptó honorarios, sino que pagaba su parte como cualquier otro miembro del grupo. El comportamiento bursátil del valor quedaba exclusivamente a su cargo, por supuesto. Con frecuencia había rumores de traición por ambas partes. Su enemistad con la camarilla de Whitney-Ryan provenía de esas acusaciones. No es difícil que un manipulador resulte incomprendido por sus socios, ya que no ven sus necesidades como las ve él. Esto lo sé por experiencia propia.

Es una pena que Keene no dejara un registro fiel de su hazaña más grande, la exitosa manipulación de las acciones de U. S. Steel durante la primavera de 1901. Tal como yo lo entiendo, Keene nunca se entrevistó con J. P. Morgan sobre esto. La empresa de Morgan operaba con o a través de Talbot J. Taylor & Co., en cuyas oficinas Keene estableció su cuartel. Talbot Taylor era yerno de Keene. Según me aseguran, los honorarios de Keene por su trabajo eran el placer que obtenía con su trabajo. Que ganó millones operando en el mercado que él mismo había creado aquella primavera es algo bien conocido. Le comentó a un amigo mío que en el transcurso de unas pocas semanas había vendido en el mercado abierto más de setecientas cincuenta mil acciones en nombre de la agrupación de aseguradores. No está mal si consideramos dos cosas: que eran acciones nuevas y desconocidas de una empresa cuya capitalización era mayor que toda la deuda de Estados Unidos en aquel momento y segundo, que hombres como D. G. Reid, W. B. Leeds, los hermanos Moore, Henry Phipps, H. C. Frick y otros magnates del Steel también vendieron cientos de miles de acciones al público al mismo tiempo y en el mismo mercado que Keene había ayudado a crear.

Por supuesto que las condiciones generales lo favorecían. Su éxito fue posible gracias a su capacidad de hacer negocios, pero también a su forma de pensar y su ilimitado respaldo financiero. Lo que había en aquel momento no era en realidad un enorme mercado alcista, sino un auge y una mentalidad que difícilmente se volverían a ver. El pánico con los valores no digeridos vino después, cuando las acciones ordinarias de Steel que Keene había hecho subir a 55 en 1901, se vendieron a 10 en 1903 y a 8-7/8 en 1904.

No podemos analizar las campañas manipuladoras de Keene. No hay libros suyos disponibles y el recuento adecuadamente detallado no existe. Por ejemplo, sería interesante saber cómo trabajó en el caso de Amalgamated Copper. H. H. Rogers y William Rockefeller habían intentado deshacerse del exceso de acciones que tenían en el mercado y no lo habían conseguido. Al final, le pidieron a Keene que comercializara la cartera y él aceptó. Hay que tener presente que H. H. Rogers era uno de los hombres de negocios más preparado de su época que había en Wall Street y que William Rockefeller era el especulador más atrevido de todo el grupo de Standard Oil. Tenían recursos prácticamente ilimitados y un amplio prestigio, así como años de experiencia en el juego bursátil. Aun así, tuvieron que recurrir a Keene. Lo menciono para demostrar que hay algunas tareas que requieren un especialista para realizarlas. La situación era que había un valor que se había tratado de vender por todos los medios, respaldado por los capitalistas más grandes de Norteamérica y que no se podía vender excepto con un gran sacrificio de dinero y prestigio. Rogers y Rockefeller tuvieron la suficiente inteligencia de decidir que solo Keene podría ayudarlos.

Keene se puso a trabajar de inmediato. El mercado que le tocó era alcista y vendió doscientas veinte mil acciones de Amalgamated más o menos a la par. Después de eliminar la cartera de los de dentro, el público siguió comprando y la cotización subió diez puntos. Los de dentro, que tenían información privilegiada, se volvieron alcistas con respecto al valor que habían vendido cuando vieron el entusiasmo con que el público lo compraba. Se dice que Rogers realmente aconsejó a Keene que tomara una posición larga con Amalgamated. Pero es poco creíble que Rogers quisiera engañar a Keene. Era demasiado astuto como para no saber que Keene no era ningún corderito. Keene trabajó como siempre, es decir, vendiendo mucho a la baja después de la gran subida. Por supuesto que su táctica la determinaban sus necesidades y las corrientes menores que cambiaban de un día para otro. En la bolsa, como en la guerra, es buena idea tener presente la diferencia entre estrategia y táctica.

Uno de los hombres de confianza de Keene, es uno de los mejores pescadores con mosca que conozco, me dijo hace poco que durante la campaña de Amalgamated, Keene se encontraba casi sin acciones un día, o sea, sin las acciones que se había visto obligado a aceptar al forzar la subida de la cotización y al siguiente, volvía a comprar miles de ellas. Al otro día, vendía, luego dejaba al mercado absolutamente solo para ver cómo reaccionaba y también para acostumbrarlo. Cuando llegó el momento de la comercialización real de la cartera, hizo lo que ya he dicho: la vendió a la baja. El público que opera siempre espera una reacción y además, está la cobertura de los descubiertos.

El hombre más cercano a Keene durante la operación me comentó que después de que Keene vendiera la cartera de Rogers-Rockefeller por algo así como veinte o veinticinco millones de dólares en efectivo, Rogers le envió un cheque por doscientos mil dólares. Esto recuerda a la esposa de aquel millonario que le dio una propina de cincuenta centavos a la limpiadora del Metropolitan Opera House por haberle encontrado el collar de perlas que había perdido, valorado en cien mil dólares. Keene le devolvió el cheque con una nota muy amable que decía que él no era agente de bolsa y que le alegraba haber sido de alguna utilidad. Se quedaron con el cheque pero le escribieron diciéndole que les gustaría volver a trabajar con él. ¡Fue poco tiempo después cuando H. H. Rogers le dio el dato a Keene que le permitió comprar las acciones de Amalgamated a 130!

¡James R. Keene fue un brillante operador! Su secretaria particular me contó que cuando el mercado iba a su favor, el Sr. Keene se volvía irascible y los que lo conocían dicen que expresaba su irritación a través de frases sardónicas que quedaban largo tiempo en la memoria de quienes las escuchaban. En cambio, cuando perdía estaba de excelente humor, un refinado hombre de mundo, agradable, epigramático interesante.

Poseía un grado superlativo las cualidades mentales que se asocian con especuladores de éxito en cualquier parte. Está claro que no discutía con la cinta. Era absolutamente intrépido, pero nunca imprudente. Era capaz de cambiar en un instante y lo hacía si descubría que estaba equivocado.

Desde su época, ha habido tantos cambios en las reglas de la Bolsa y una aplicación mucho más rigurosa de las antiguas, tanto nuevos impuestos sobre las ventas de acciones y las ganancias, entre otras, que el juego parece diferente. Los mecanismos que Keene podía usar con habilidad y provecho ya no pueden ser usados. Además, no aseguran, la moral empresarial de Wall Street está en un plano superior. Sin embargo, es justo decir que en cualquier período de nuestra historia financiera Keene habría sido un gran manipulador porque era un gran operador de acciones y conocía el juego de la especulación desde el primer dato. Logró lo que hizo porque las condiciones del momento se lo permitieron. Habría tenido tanto éxito en sus empresas en 1922 como en 1901 o en 1876, cuando llegó a Nueva York desde California y ganó nueve millones de dólares en dos años. Hay hombres cuyo andar es mucho más rápido que el de la multitud. Están obligados a liderar por mucho que cambie la multitud.

De hecho, el cambio no es en absoluto tan radical como te imaginas. Las recompensas no son tan grandes, pues ya no es un trabajo de pioneros y por lo tanto, no es una paga de pioneros. Pero en ciertos aspectos la manipulación es más fácil de lo que era; en otros, mucho más difícil que en la época de Keene.

No hay duda de que la publicidad es un arte y la manipulación es el arte de la publicidad a través del medio de la cinta. La cinta debe contar la historia que el manipulador desea que vean sus lectores. Cuanto más verdadera sea la historia, más convincente será y cuanto más convincente sea, mejor será la publicidad. Un manipulador en la actualidad, por ejemplo, no sólo tiene que hacer que una acción parezca fuerte, sino también que sea fuerte. Por lo tanto, la manipulación debe basarse en sólidos principios de negociación, eso es lo que hizo que Keene fuera un manipulador tan maravilloso; para empezar, era un operador consumando.

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